Friday, November 27, 2009







ESE CABRONAZO DE HAL







Hal es el nombre de la sofisticadísima computadora que martiriza a los tripulantes de la nave espacial de 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. No es exactamente una máquina perfecta, al menos si definimos la perfección cibernética como la capacidad para someterse a un programa, aplicando sus pautas sin errores ni omisiones. Hal es más que eso: puede elegir, puede rebelarse, engañar, responder con evasivas, sugestionar psicológicamente a su interlocutor... Puede, finalmente, resultar imprevisible, hasta el punto de negarse a aceptar la propia muerte, suplicar no ser desconectado y enloquecer de miedo y de dolor.





Es sabido que mi generación quedo deslumbrada y definitivamente marcada por Nexus 6, el Replicante de Blade runner. "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser... todos esos momentos se perderán para siempre: es tiempo de morir". Quizá, como en aquel momento cinematográfico sublime, nuestro destino sea el de Deckard, el cazador que queda indefenso por sus propios excesos y termina siendo salvado por uno de los androides que le han ordenado retirar. Temo que haga falta demasiada ciencia-ficción para imaginarlo. El problema de Nexus 6 no es solo su condición de personaje de ficción... Lo peor es que ni siquiera es una computadora: es un ser humano. Por eso opta por resistirse a las indicaciones del programa; por eso busca a su creador y, cuando descubre que no es posible resistir a la muerte,se venga de él estrangulándolo: Nexus mata a Dios, en el sentido más nietzschano de la expresión. Nexus es en realidad un error, tanto como el simio loco y misteriosamente iluminado que somos los humanos.

No paso por el mejor momento para creer que los ordenadores van a arreglarme la vida. El problema de los artefactos cibernéticos que me rodean no es que sean peligrosamente listos, como Nexus 6, es más bien que son unos tarugos. Para pensar en amotinarse contra mí -o romperle el cuello a Bill Gates, que mola más- primero tendrían que funcionar, pero el tema que no se encienden y, cuando lo hacen, les revienta el disco duro.





Mi odisea de ayer en el instituto recuerda más al Profesor Bacterio de Mortadelo y Filemón que a un relato de Phillip K.Dick. Resulta que Jacinto -nombre de mi viejo portatil de seis años- eligió una manera de rebelarse más primitiva que la de Nexus, es decir, decidió no encenderse. No me estranguló ni me dijo que había visto naves ardiendo en la Constelación del Zorrillo, es más, fue tan bondadoso que apenas se le conmovieron los microcircuitos cuando, mientras era zarandeado por su emocionalmente inestable amo, hubo de soportar imprecaciones del tipo "enciéndete, trasto hijo de perra", a las cuales, ya rebasada la fase colérica inicial, sucedieron las súplicas melancólicas ante el allegado que agoniza: "no me dejes ahora, no te vayas, Jacinto". Pero Jacinto se fue. Resulta que a la mañana siguiente yo debía embutirles a mis queridos alumnos un examen de Psicología. Cinco preguntitas, apenas un cuartito de folio.



"Me voy pronto al insti y lo preparo allí antes del timbre", me dije, ante el cadáver aún caliente de Jacinto. Desde la soledad de Salaprof (nombre cibernético del lugar donde los profes nos reunimos para insultar a los alumnos de la ESO) yo aguardaba la hora fatídica del examen, prometiéndomelas muy felices: "ahora, icono de imprimir y a fotocopiadora". ¿Lo adivinan? Sí, lo adivinan, no funcionaba la impresora. Los primeros síntomas de acidez de estómago y algún pequeño amago de llanto que logré reprimir como un titán emergieron cuando comprobé que los demás ordenadores tampoco imprimían. En todo este proceloso trajín me entretuve durante algo más de media hora, lo que me hace pensar que si en Salaprof hubiera una modesta Olivetti, yo hubiera podido aporrear sus teclas -aquel hermoso sonido de ametralladora de oficina- y el examen hubiera estado listo en medio minuto... Pero no, la informática es como el mejillón cebra, que una vez se instala depreda a todos sus competidores, hasta el punto de que me extraña que todavía haya quien use bolígrafos.

Me acuerdo como si fuera ayer de un debate nocturno entre universitarios de hace veinte años. En aquel tiempo -y pese a que internet no era todavía real, aunque sí imaginable- los vanguardistas prometían una Arcadia informática para el siglo XXI: "la información será accesible para todos, ya no será posible para las élites apropiársela, regresará el ágora de Atenas gracias a la cibernética". Aquellas, por más que se pronunciaran como profecías bíblicas, eran simples hipótesis cuyo desmesurado optimismo se va revelando con el tiempo. No es culpa de la electrónica que la democracia no incremente su calidad en el mundo, pero tampoco es la electrónica quien va a salvarnos de su deterioro. Ciertamente, los circuitos integrados -la Sociedad Red, en definitiva- está cambiando el mundo y diseñando una nueva antropología... un Hombre Nuevo -en el sentido, espero, menos nazi de la palabra- está surgiendo al socaire de las computadoras. Lo que aún no sabemos es si ese hombre va a ser más decente que el que surgió de la Galaxia Gutemberg ni si va a ser capaz de relacionarse más inteligentemente con el mundo y con sus semejantes o si, por el contrario, no va a lograr sino acelerar su propia destrucción. La ambivalencia de internet es el único principio que soy capaz de habitar: la cibernetización de nuestras vidas determina nuevas formas de dominio y sumisión y agrava las que ya existían, pero también hace emerger nuevas formas de resistencia. Para algunos es una vía magnífica para acceder a mas conocimientos, para otros, es tan solo un pretexto más, eso sí, un pretexto especialmente sofisticado y adictivo, para el más embobado sonambulismo.





Sin embargo, desde aquella velada de hace veinte años -con ingesta alcohólica mal metabolizada, lo que siempre ayuda a uno a ponerse trascendente-, no he parado de recibir mensajes de esperanza para un nuevo mundo feliz regido por las jodidas maquinitas, algo así como el tontarras* de Tom Cruise abriéndonos las puertas del paraíso si nos afiliamos a la Cienciología. No tengo dudas de que la felicidad ha llegado para los muchos que, como el cyberlisto que me ha colocado a Jacintus 2 -un fijo que tengo desde esta mañana y que seguro que ya elabora en silencio su plan para amargarme la vida próximamente-, han encontrado en la informática de consumo el negocio de su vida. Para mí, el ordenador es una máquina que, bromas aparte, me facilita el trabajo y me permite llegar con asombrosa facilidad a lugares (mejor evitar esta terminología tan física) a los que en tiempos pre-virtuales no hubiera podido llegar.

Una de las glorias venideras que me inquietan más es la de inundar las aulas de terminales informáticas. No estoy seguro de que Zp sepa que los ordenadores son como los matrimonios, que no solo se adquiere el producto sino que después hay que invertir para mantenerlos. En cualquier caso, sospecho que el iluminismo tecnocrático con el que se entrega a la fe en la salvación del mundo por Hal revela la absoluta incapacidad de nuestro querido Presidente para entender cuáles son los verdaderos problemas de la escuela, los cuales, les aseguro que no se solucionarán poniéndole a cada niño un portatil en los morros. Un portatil que, por cierto, seguro que no funcionará. Y eso suponiendo que no sea yo el verdadero ingenuo y crea que lo que se pretende es mejorar la educación y no suministrar suculentos espacios de negocio a las empresas amigas del gobierno, esas que se encargarán de llenar las aulas de cables y nos abandonarán después a nuestra suerte.







No puedo evitar acordarme en estos casos de lo que ya escribía uno de mis grandes gurús de la profesión docente, Neil Postman, hace décadas, cuando nos recordaba una y otra vez que la sociedad tiende, en pro de una presunta "eficiencia", a olvidar que lo primero que necesita es tener bien definidos los verdaderos fines de la escuela. Como ese tren que, antes de pensar en cómo aumentar su velocidad, debe saber exactamente cuál habrá de ser su dirección, corremos el riesgo de ignorar que los males escolares que no hemos sabido solucionar sin ordenadores tampoco se solucionarán con ellos. Claro que esto es difícil de entender para todos aquellos que -con una actitud profundamente reaccionaria en el fondo- siguen creyendo que la escuela es, ante todo, una suministradora de información.

"Lo importante con los niños es colocarlos en un marco que recalque la colaboración, así como la responsabilidad y la sensibilidad hacia los otros. Por eso las escuelas les piden que estén en un lugar a una cierta hora y que sigan ciertas normas, o que levanten la mano cuando quieran hablar, que no hablen cuando hablen otros, que no coman chicle, que no se vayan hasta que suene el timbre y que tengan paciencia con los que van más lentos para aprender. A este proceso se le llama hacer gente civilizada. El dios de la tecnología no parece tener gran interés en esta función de la escuela. No lo parece, al menos, cuando escuchamos enumerar las virtudes de la tecnología"






No sé si llegaremos a ver el instituto convertido en un gran paraíso cibernético, yo de momento me conformaría con que Zp me arreglase las putas impresoras.

Me voy de entierro. El de Jacinto, claro.









*Pido perdón anticipado a Tom Cruise por haberle llamado "tontarras", que luego pasa lo que pasa.

Saturday, November 21, 2009











LO QUE YO LE HABRÍA DICHO A CAMPS






"¿Los políticos? ...Todos igual de sinvergüenzas".


Hemos escuchado tantas veces esta frase que, por pura cuestión de prudencia, deberíamos tomárnosla alguna vez en serio, pues responde a un estado de opinión muy extendido. Nihilismo de las masas, apoliticismo mezquino, falta de cultura democrática... sí, sin duda tienen gran parte de razón los expertos en sociología cuando se sirven de toda esta serie de sutiles conceptos para reprocharle a la gente su desafección por la política. Sin embargo, nunca se les ocurre a tan sesudos analistas plantearse si no será que la gente odia a los políticos porque los conoce muy bien, que es justamente la hipótesis contraria a la que suele manejarse, la del populacho ignorante y pasota.
Un ilustre, acaso el sabio más influyente de la historia, Platón, escribió largamente en los albores de la civilización europea contra los políticos profesionales. "¿Por qué estudiamos a un señor de hace 2500 años?", me pregunta con todo sentido una alumna justo en el tercer jueves de noviembre, decretado desde 2005 por la UNESCO como Día Internacional de la Filosofía. Se me ocurrió iniciar mi contestación con otra pregunta: "¿Sabes quien es Francisco Camps?".


Hablando de alumnos, una de las verdades más frustrantes que ha dejado en mí el paso del tiempo es que los mejores de entre los que pasan por mis aulas rarísimamente llegan ni tan siquiera a tocar una concejalía de pueblo. Hablo de "mejores" en el sentido más etimológico del término, como "aristoi", es decir, aquellos dotados de auténtica virtud, que tiene que ver más con el coraje, la voluntad de servir a la polis y la inteligencia que con el linaje o la posición social. ¿De qué he de extrañarme? Quienes crecieron conmigo y apostaron decididamente desde jóvenes por eso que se llama la vocación política eran por lo general los tipos más fríos y cínicos del entorno, gente ciertamente astuta, en el sentido más reptante del término, seres con un mapa moral más bien laxo y que entendieron muy pronto que saber obedecer a una determinada oligarquía te lleva más lejos que ir por los bares de las universidades fumando porros e intentar impresionar a las chicas saliendo con sprays de noche para poner pintadas contra la disciplina y el poder, como hacíamos los demás.

Dice Platón en la Carta VII que "al principio estaba lleno de entusiasmo por entrar en la política, pero al volver mi atención hacia la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la posibilidad de introducir mejoras en ella, sí dejé de intervenir activamente". Esta alusión a la propia trayectoria biográfica para fundamentar una posición filosófica -que no se debe ser en ningún caso confundida con el apoliticismo, por cierto- se explica por las derivas a las que la intención de mejorar el mundo desde el ejercicio de los cargos llevó al joven Platón, al que solo un milagro permitió en medio de tantas intrigas entre Atenas y Siracusa no acabar como su maestro Sócrates, obligado por la Asamblea a beber la cicuta y decir adiós antes de tiempo.
Abandonar las instituciones como ejercicio de dignidad... Aprecio cierta virtud también en el caso, tantas veces relatado, del político que, obsesionado por la injusticia que reina sobre la polis, opta al contrario que Platón por aguantar en el lodazal y encuentra las fuerzas para hacer sobrevivir su vocación. Como en el film El Político, rodado por Robert Rossen en 1949 -la época más inteligente y atractiva de la factoría Hollywood-, la decidida vocación de luchar contra la injusticia, termina requiriendo la búsqueda de atajos y vías dudosas para hacerse efectiva. Suelo desconfiar de quienes creen demasiado en aquel aserto de Maquiavelo sobre el fin y los medios, pero puedo llegar a entender que, en determinados momentos, el Príncipe deba emplear métodos poco acordes con su filosofía de gobierno para salvaguardar la integridad de la polis.


Veo muy lejos de todo esto a la mayoría de políticos actuales. Como ya voy peinando algunas canas, tengo la suerte de haber podido ver cómo han evolucionado algunos desde que pretendían expresarse como imberbes idealistas hasta la actualidad, en que los que han llegado lejos responden poco más o menos al mismo corte: lo único que les importan son los votos, o, para ser más preciso, la única religión que profesan es el Poder.





Conozco a Paco Camps personalmente. Bueno, en realidad no, pero lo tuve un buen rato a medio metro cuando aún era un prometedor Conseller de Educación a las órdenes del Presidente Zaplana. Le montamos un pifostio tremendo un grupo de profesores cuyo cese estaba a punto de ser redactado y nos plantamos allí, unos ochenta, junto a su despacho, tras burlar con la osadía de los desesperados la vigilancia de los guardias de seguridad. Creo sinceramente que aquel atrevimiento le impresionó. Salió del despacho, se situó entre nosotros y nos habló con cierto además chulesco y autoritario, pero con aplomo y una seguridad en sí mismo que, ciertamente, le envidio. Incluso tuvo que contestar a alguna intervención exaltada sin huir ni descomponerse.


No me gusta Camps, no me gusta en lo más mínimo. Su formación, sus maneras, su ideología... no encuentro un solo punto de contacto que me evite ver en él a un enemigo. Jamás confiaré en él porque no tengo ninguna duda de que miente más que habla y que jamás le ha interesado en lo más mínimo el beneficio de la ciudadanía. Tampoco me gustaba Zaplana, desde luego, pero en el gélido cinismo de Zaplana, en ese talante de "soy un truhán, soy un señor" encontré algún motivo para el humor. Por contra, Camps no tiene ni puñetera gracia: hay en él una hipocresía de catolicismo de siglos, un tufo de sacristía e impecable atavío de fiestas de guardar, esos giros de cuello ensayados durante horas ante el asesor, esa media sonrisa controlada, el moreno de rayos uva y club de tenis... Inútil seguir: explico a mis alumnos que ser una buena persona es no parecerse a un tipo así.

...Y, sin embargo, esta semana advertí algo en el President del hombre que doce años atrás salió una mañana de su despacho para recibir a unos exaltados. La imagen recoge el momento en que Camps abandona la Sede del PP y un joven le increpa y le llama corrupto. Camps no respondió aquí al guión habitual del perfecto político, no hizo lo que le habrían indicado sus asesores: sacó algo del tipo de Borbotó (Horta Nord) que lleva dentro, se fue hacia el joven y le pidió que no se marchara y que le explicara por qué le llamaba corrupto.

El joven se marchó. Hizo mal. Creyó ser valiente y en realidad se comportó como un miserable. Debería haber explicado al Presidente los motivos de su indignación, decirle a la cara por qué cree que ese señor es un canalla. Era así como se actuaba en el ágora de Atenas en tiempos de Sócrates: la gente discutía, a veces a voz en grito, a veces con sorna, pero formaba parte de la cultura de la polis más civilizada del mundo que los Pericles o los Alcibíades de turno tenían que ser discutidos, interrogados e incluso increpados por cualquier ciudadano de a pie y que ellos estaban obligados a contestar.


Detesto a Camps, pero, en este tan sencillo gesto, ante un tonto del culo que huyó mientras le insultaba -"¡desgraciao!", qué macho- mostró la dignitas que no ha mostrado desde que empezó el asunto de los trajes, que no ha mostrado probablemente desde que es Presidente de la Generalitat.






Por eso, y dado que el tonto del culo se fue a fumar porros, será cuestión de hacer caso al President, detenerse en medio de la calle y explicarle los sentimientos de muchos ciudadanos. Yo, en realidad, lo haría en forma de unas cuantas preguntas. Helas.



1. Desde que llego al poder usted ha desplegado una estrategia -muy insistente por cierto- que consiste en vanagloriarse de las cosas que van bien y echarle al gobierno central la culpa de las que van mal. Afín a este procedimiento es el de dejar deslizar entre los valencianos la presunción de que Zapatero odia a Valencia y por eso se dedica a intentar hacernos la vida imposible. ¿Le parece ecuánime esta visión de las cosas? ¿La dirige a ciudadanos críticos o a gente poco formada? ¿Cree realmente que con ello nos beneficia o solamente espera crear inquina contra el PSOE?

2. ¿Puede explicarme cuáles son las culpabilidades del Señor Costa de las cuales, habida cuenta de que es a él a quien han cortado la cabeza, usted está totalmente libre? ¿De verdad no estaba usted al corriente de las actividades de los miembros de la empresa Gurtel, a los cuales su gobierno ha enriquecido con suculentas concesiones desde hace años? Cuando usted acepta regalos de una empresa como la de los señores Alvárez o Correa, ¿lo hace pensando que dichos señores no esperan a cambio ningún trato de favor?

3. ¿Cree usted en la imparcialidad de Canal 9, ente público que pagamos todos? ¿Qué conclusión hemos de extraer del hecho de que el anterior director del ente, Pedro García, nombrado por su gobierno a dedo, apareciera vinculado al Caso Gurtel?
4. Todos los expertos en economía coinciden en afirmar que la crisis está afectando especialmente a España por haber prosperado como "economía de especulación inmobiliaria y ladrillo". Desde que usted gobierna no han parado de proliferar los PAI y se ha construido más que nunca en la Comunidad. ¿Tiene usted algo que ver con ese modelo económico, especialmente presente en la costa, o es también cosa del contubernio socialista creado desde Madrid para destruirnos?
5. Como profesional docente, le pregunto. Su gobierno le dedica menos inversiones a la educación pública que los de otras comunidades, proliferan los barracones, hay por todas partes necesidades desatendidas por los recortes en personal, las aulas están atestadas... Por contra la enseñanza privada atraviesa un momento magnífico, gracias a que usted emplea el dinero de todos los ciudadanos en subvencionarlas, lo que explica entre otras cosas las magníficas relaciones que guarda usted con la Iglesia Católica. ¿Cree usted que gracias a su gobierno la enseñanza pública puede ayudar a remediar la brecha social? ¿Se ha preguntado por qué no hay inmigrantes ni alumnado conflictivo en los colegios privados? Y, si no es demasiado capciosa la pregunta, ¿por qué mantiene como Conseller d´Educació a un irresponsable como el Señor Font de Mora?




6. ¿Cree usted que en tiempos de crisis, donde la prudencia parece aconsejar la contención, es acertada la política de grandes fastos que se ha convertido en emblema de su gobierno y del que en el Ayuntamiento de Valencia lleva a cabo la Señora Barberá? Además del circuito, la America´s Cup, los campos de golf, los terrenos recalificados para la ruina del futbol... ¿no se le ha ocurrido encargarle a Calatrava un gran recinto para el Festival de Eurovisión? En tal caso, ¿le encargaría la gestión al Bigotes?

Espero, si es habitual lector de este blog, que tenga a bien el President contestármelas. Lo merezco más que el increpador del otro día, eso desde luego.

Saturday, November 14, 2009








LA TRAICIÓN







El destino de cualquiera de nosotros es ser apuñalado por la espalda en el momento en que menos lo esperemos. El shakesperiano "tú también, Bruto, hijo mío" de César tiene parangón en un relato de Borges, La trama:

"Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena"





Es imprudente reprocharle a este viejo planeta su indolencia por albergar tantos traidores, pues con ello olvidamos la cantidad de veces en que fue a nosotros a quien brilló el colmillo mientras daga en mano esperábamos el momento para asestar un golpe seco, mortal y, sobre todo, inesperado por su víctima. No hablo sin embargo del desasosiego que me causa la omnipresencia de la vocación traidora porque yo me sienta ajena a ella. En cualquier caso, creo que soy lo suficientemente idiota como para no tramar intrigas de gran alcance. Más que nobleza y lealtad, creo que es pudor... no quiero que nadie me mire con cara de "pero, ¡che!" mientras acabo de sacarle las tripas. No al menos alguien que no se lo merezca Prefiero hacerle ver mucho antes que no habrá amor entre nosotros. Seguramente por eso dicen algunos que soy perezoso para la amistad. No soy perezoso, soy precavido o, si lo prefieren, cobarde. En cualquier caso, sé muy bien qué implicaciones tiene el compromiso, en especial el amoroso. Y he optado por asumirlas como un adulto.



Divorcios por todas partes... sí, ya lo han adivinado, este el motivo del post. El matrimonio -una palabra que ya cuando éramos púberes parecía no inventada para nuestra generación, acaso por su connotación de compromiso institucionalizado e in eternum- se está desmoronando a nuestro alrededor como las casas mal construidas en los días que suceden a un gran terremoto. Cuando llegó el divorcio a España, se hablaba de apelotonamientos históricos en los juzgados, que se colapsarían ante la afluencia masiva de gente dispuesta a, por fin, legalizar su condición de no "querer ser más el cónyuge de", no fuera a ser que los poderes residuales del franquismo volvieran a darle un vuelco al asunto. Pero no, no hubo colas gigantes porque quienes tenían claro que querían divorciarse no necesitaban urgencia: acudirían hoy o mañana, pero lo harían sin dudas y nunca habrían de arrepentirse por otorgarle curso legal a la ruptura de un vínculo que, de facto, estaba roto mucho antes.




La Ley Fernández-Ordóñez podía discutirse en sus detalles, pero no en su espíritu. Era imprescindible una ley del divorcio de igual manera que hace falta una ley que proteja a los huérfanos o diques que contengan los tramos inundables. Pura cuestión de salud pública. Sin embargo, la derecha se opuso entonces como ahora se ha opuesto al matrimonio homosexual. Triste destino el de tener que luchar contra una ley de la que uno sabe, en el fondo, que va a terminar haciendo uso, prueba incontrovertible de la bondad de dicha ley y de la deshonestidad de muchos de los que a ella se oponen. Pero la derecha, adscrita por cinismo o por sumisión a la obediencia de la jerarquía eclesiástica, tiene la costumbre histórica de enfrentarse a cualquier reforma que propicie la libertad de los sujetos. La recuperación de los viejos argumentos de la España más clerical y reaccionaria con motivo del reciente "divorcio expréss" no dejan de sorprendernos. Parece que hay que obligar a la gente a que se lo piense, agrandar hasta la nausea los trámites, el precio y los enredos burocráticos, a ver si, con suerte, a los dos cónyuges que se detestan les entra la tentación de decir eso de "bueno, nos aguantamos como sea". Por lo visto, los defensores de la indisolubilidad del matrimonio temen que la caprichosa niña -que tantas ganas tenía de casarse de blanco- se despierte una noche al primer ronquido del vecino de lecho y decida en plan rabieta lanzarse al juzgado de guardia. Podíamos aplicar esto a todo: poner trabas legales interminables para el que quiere cambiar de ciudad, besar a la dependienta de Zara de la que acaba de enamorarse o comprarse un velero para irse a una isla a escribir poemas... fastidiar a base de bien a todo el mundo no sea que nos dé por hacer uso de la libertad para elegir lo que queremos que sean nuestras vidas.



"Acabarán con la familia". Como tantas veces sucede, se confunden causas y efectos. Sea o no deseable la subsistencia del modelo tradicional de familia, el problema no es que facilitar la libre disolución del matrimonio vaya a romper aquel modelo, es que hace mucho tiempo ya que la sociedad dejó de estar preparada para soportar los rigores de aquella cultura que, entre otros méritos, se sustentaba desde el principio patriarcal de sumisión de la mujer. Quienes siempre vieron con malos ojos los procesos políticos de emancipación femenina no se equivocaban cuando advertían que el feminismo pondría en crisis el matrimonio. Es lo que tiene la libertad, que se pone más difícil eso de obligar a alguien a hacer lo que no desea hacer. En cuanto a la familia... Me cuesta ver que quien decide disolver un vínculo que convierte una casa en un infierno cotidiano o quienes pelean por casarse y adoptar un niño siendo dos personas del mismo sexo sean los que van a acabar con la familia. Más bien creo que aquel votante de Fraga con vocación de terrorista moral que me dijo hace veinte años eso de "¡quien se equivoque, que se joda!" es el que pincha el globo de cualquier ilusión matrimonial.

Pero no es la defensa de algo como la legalización del divorcio, que se defiende solo en la pura cotianeidad del mundo de la vida, lo que provoca este artículo. No, a ver si sé explicarme porque temo que parezca que lo que digo es lo contrario de lo que pretendo decir: es más bien la proliferación de la ruptura lo que me inquieta últimamente.



Temo que, por razones de edad y por el sector social con que me relaciono, la frecuencia de rupturas matrimoniales que presencio tienda a ser mayor, pero a poco que uno aguza los oídos se da cuenta de que la gente está divorciándose a la carrera en todas las franjas de edad y clases sociales. Por todas partes encontramos maridos en la cincuentena que se han ido a un piso de alquiler donde viven con una joven sudamericana, veinteañeros ante el juez que no llegan ni al año de casados... la casuística es complejísima. Lo es porque, afortunadamente, la gente puede complicarse la vida como libremente decida. Y, sin embargo, es irremediable preguntarse qué es lo que está pasando.


En el noventa por cien de los casos que conozco aparece por medio el dichoso concepto: traición. "Me has traicionado", yo también he recurrido en algún momento a un concepto tan connotativo, tan viscoso, tan cargado de significaciones emocionales y valoraciones morales. Peligro. Hay personas que tienen permanentemente preparada esa bala en la recámara de la boca. Llaman traidor a alguien que les abandonó, sin pensar en que lo enfermizo hubiera sido no abandonarles. Se llama traidor a alguien que decide romper con un bando con el que, sinceramente, ya hace tiempo que no comulga. Eso no es traicionar, es rectificar. A mí han llegado a llamarme traidor -no a la cara, claro- por no irme a cenar o de copas con personas que no entendían que desear estar solo no me convierte en enemigo. Siempre recuerdo a un cenutrio autoproclamado independentista que decía con frecuencia que "Serrat era un traidor a la Nova Cançó". Valiente majadería. Hay personas que establecen tal dictadura sobre sus allegados, que ya tan solo les dejan la opción del hecho consumado -de pronto una mañana las maletas, "me voy, adiós para siempre"-, pues son incapaces de advertir, y por tanto corregir, el sufrimiento que cotidianamente producen.


Puedo insistir, llenar de razones al que abandona, seguir poniendo peros a la banalización que algunos fanáticos hacen al usar continuamente la palabreja de marras. Pero no, no voy a hacerlo porque, pese a todo, la traición se da. Y es terrible.


En los últimos tiempos no paro de encontrarme situaciones en que internet alimenta procesos de traición sentimental especialmente oprobiosos. No es culpa de internet, desde luego, pero repugna que alguien confíe sobre la pantallita de marras insultos y burlas terribles a un tercero sin rostro contra la mujer que, tras acostar al niño, le está preparando una tortilla a cuatro metros. Con o sin ordenador, es terrible que uno prepare durante meses el terreno para edificar su vida próxima junto a alguien "menos aburrido" mientras el otro permanece ignorante de que se trama su ruina y, en muchas ocasiones, su deshonra. Es desalentador haberse trabajado el amor durante años y años para que de pronto el primer recién llegado con cara de gilipollas se convierta en objeto de toda la pasión que uno se ha pasado años pidiendo sin éxito.


"Nuestros cónyuges no nos comprenden". He escuchado mucho esta frase entre amantes adúlteros. Pero nuestros cónyuges, en realidad, nunca nos comprenden. No saben lo que nos molesta que pongan mala cara por que su padre está en el hospital justo el día en que venimos contentos del trabajo, no saben cómo sufrimos porque no les gustan las mismas películas que a nosotros, no tienen ni siquiera la delicadeza de poner buena cara después de que miremos a la vecina con cara de "está más buena que tú". No nos comprenden, y para colmo, si les dejamos por un tercero, se pasan meses y meses llorando por las esquinas, para ponérnoslo difícil, qué cabrones son los cónyuges. Pero, ¿qué nos habíamos pensado que es esto del amor de lo que con tanta seriedad hablábamos cuando decíamos que duraría para siempre? Tenemos tanto derecho a amar como a dejar de hacerlo, no he hecho otra cosa en este artículo que intentar demostrarlo, pero dejar tirado en la cuneta a alguien que cumplió con el compromiso de lealtad que le exigíamos con vehemencia y que nosotros mismos hemos roto es terrible, no es un juego que se soluciona con un acuerdo favorable de divorcio.


La "biografía singular", concepto de moda en esa sociedad cada vez más entregada al culto al individuo -acaso porque no le queden otras cosas- colisiona cada vez más contra el viejo mecanismo de identificación suministrado por la familia. En un momento en que los hijos parecen ya convertirse en el último reducto de identidad emocional permanente, ¿será que la pareja se ha convertido definitivamente en una utopía? Vivimos en una sociedad que ha sustituido las viejas certezas por una interpretación del hedonismo en clave consumista. ¿Qué nos hizo pensar que la pareja se libraría de ser una mercancía más? Y como todo producto, aquel al que creemos amar puede ser devuelto si no nos satisface. Todo, también el amado, pasa a tener la fecha de caducidad escrita en la nuca.

Me preocupa poco si alguien confunde este mensaje con las cruzadas de los obispos contra el libertinaje y el desorden moral. No es mi matrimonio lo que pretendo proteger de los vientos de divorcio que soplan a norte y sur mientras el sol asoma con timidez en esta fría mañana. Es mi honor.






Acabaré citando a Zygmunt Bauman, define muy bien las sensaciones que intento transmitir respecto a este laberinto del amor y la pareja, cada vez más intrincado:



"Invertir sentimientos profundos en la relación y jurar fidelidad implica correr un enorme riesgo: eso lo convierte a usted en alguien dependiente de su pareja. Para echar un poco más de sal en la herida, su dependencia tal vez no sea correspondida, y no tiene por qué serlo. Por lo tanto, usted está atado, pero su pareja es libre de marcharse, y el lazo que lo ata a usted no basta para asegurar la permanencia del otro"

Friday, November 06, 2009









1. EL INVIERNO se anuncia matando a nuestros viejos: López Vázquez, Ayala, Levi-Strauss. Desde que murió Lola Flores ya no encuentro a ninguno de esos de los que uno piensa que le van a acompañar siempre... esos que, si les asoma la Muerte por la puerta, al verle va a asustarse y saltar por la ventana.
José Luis López Vázquez...no recuerdo un sólo día de mi vida sin haber conocido ese nombre. Cuando, siendo crío, le veía en las revistas vestido de calle y no de actor me parecía un hombre extraordinariamente triste y aburrido, un señor calvo y sin fortuna que caía en manos de mujeres despiadadas que terminaban desplumándole... Lo más lejano imaginable de un hombre feliz. Pero después, mi madre ponía la tele y le veíamos en una tele en blanco y negro. Qué gran actor tiene que ser quien es capaz de interpretar tan magistralmente a alguien que no tiene nada que ver consigo mismo. Con tan poco apellido, con tan poca estatura, tan poco pelo... tan lejos del glamour como Aleixandre y tantos otros que levantaron una inteligente sonrisa en un país acomplejado, López Vázquez fue capaz de deslumbrar dirigiendo el atraco a un banco de lo que cuarenta años después habríamos llamado un hatajo de freakys, a la vez que encarnaba al más odioso y servil de los pelotas de algún oligarca del franquismo: "descuide, nos ocupamos de todo... y póngame a los pies de su señora". Inútil seguir, es preciso mirarle y escucharle. No dejo de asociarle a todas aquellas historietas de Pulgarcito o Mortadelo. Todos aquellos tipos humanos tan risibles, Pepe el Hincha, Petra -criada para todo-, las Hermanas Gilda, el Botones Sacarino, el Profesor Tragacanto... todo eso estaba en el cómic satírico tanto como en la comedia cinematográfica. Me pregunto si queda algo de todos aquellos años de hierro en los Bardem, Cruz y Amenabar a los que ahora vitorean en los centros neurálgicos del mundo. Quizá no, y ¿quien sabe?, a lo mejor vale más olvidarse de aquel paisaje celtibérico tan gris y aquellos hombres subdesarrollados. Pero yo... me temo que envejeceré con aquel sonsonete agudo en la cabeza: "Para servirle, Fernando Galindo, un admirador, es esclavo, un siervo, un amigo."





2. EN LA MUERTE de Claude Levi-Strauss... indulgencia para quienes, al enterarse, dicen eso de "pero ¿es que todavía estaba vivo?". Un hombre puede morir de vejez y, sin embargo, pertenecer a la generación posterior a la del anciano que agoniza al mismo tiempo en la habitación de al lado. El momento de máximo esplendor y poder del autor de Le pensament sauvage en París, más concretamente en el College de Francia, está tan lejos ya en el tiempo, que cuesta imaginar que un hombre haya sobrevivido tanto tiempo al declive de las propias ambiciones. La de Levi-Strauss es un biografía muy siglo XX. Judío belga y francófono de origen, se formó en La Sorbona, en la que ya empezó a trabajar como agregado con la edad de un inexperto estudiante. Después vinieron los nazis y los problemas serios. Huyó y alimentó su docencia como antropólogo en la Universidad de Sao Paulo pasando largo tiempo en el Mato Grosso junto a distintas tribus amazónicas. Pasó a Nueva York y, finalmente, para cerrar el círculo, todavía con todo por llegar, regresó a París, donde su trayectoria termina convirtiéndole en una de las mayores autoridades de la historia del pensamiento francés contemporáneo.

Presiento que algunas cosas de mi vida habrían sido distintas sin él. Hice mi tesina sobre el lugar de Michel Foucault en el escenario filosófico francés, y mi tesis sobre la relación entre el análisis de la cultura del mundo tardoindustrial hecha por el propio Foucault y por Jean Baudrillard. Ambos se esforzaron en incontables ocasiones por marcar sus distancias con respecto al padre del Estructuralismo. No es desagradecimiento, es voluntad de supervivencia, necesidad de una identidad reconocible: había que decir que no se era estructuralista o que no se compartía el presunto desprecio de Levi-Strauss por la historia o, de lo contrario, uno se quedaba sin derecho a existir como autor: había, en suma, que matar al Padre. Curioso: ha sobrevivido a todos sus hijos, los leales y los fugitivos. Lo que sí sé es que nada sería hoy lo mismo en el pensamiento francés sin el anciano que acaba de morir.



No soy capaz de explicar a Levi-Strauss en unas líneas. Pero creo que, más allá de la tradición estructuralista, de la revolución epistemológica operada a partir de Saussure y de Jakobson, del terremoto antropológico, de la ruptura con toda una gigantesca imagen del Sujeto Occidental basada en la filosofía de la historia de Hegel, más allá de lo ridículo que resulta aquel sarcasmo que en los primeros setenta habló de la revuelta estructuralista como de "otra moda parisien", lo que creo que nos enseñó fue una nueva manera de mirar. Aquel profesor llegado de Sao Paulo no intentaba redimir a los indios ni recuperar la santidad del Buen Salvaje ante la corrupción moral de nuestras urbes... Lo que logró Levi-Strauss fue proyectar una mirada sobre la cultura que, al liberarse de los prejuicios interpretativos de los tradicionales viajeros europeos, logró descifrar los signos de la cultura a la luz de los códigos específicos desde los que emergían. Cada símbolo, cada tatuaje, cada gesto de ceder el vaso, cada regla de parentesco, cada don y contra don, cada incineración ritualizada... son elementos que no pueden traducirse por sí mismos, que no remiten a nada que podamos entender de por sí, salvo que los insertemos dentro de un gran sistema -una estructura- que les da vida y sentido.


Insisto, no se trataba sólo de respetar a los indígenas -esos llamados "pueblos sin historia"-, aunque haya algo de eso en la herencia de este antropólogo. Sólo al regreso de la estancia entre esos hombres que llaman "estúpido" a quien no va tatuado, o ritualizan el nacimiento o la muerte como parte de un ciclo simbólico que nada tiene que ver con nuestra imagen científica del mundo, llegamos de verdad hacernos idea de lo que realmente hemos ganado: ahora puedo observarme a mí mismo como miembro de una "tribu", pueblo primitivo o salvaje en cierto modo, puesto que lo que entendí como "verdad objetiva", visión literal de lo real, se articula sin embargo como una densa red simbólica tan sometida al influjo de los mitos, los chamanes, el intercambio ritual o las fuerzas del destino como el de los nambikwara.








(La caricatura es de Maurice Henry, en la época de mayor celebridad del movimiento estructuralista. Los "salvajes" son de izquierda a derecha Foucault, Lacan, Levi-Strauss y Barhtes)

Thursday, October 29, 2009













BUSCANDO A KAFKA










1. Hace casi quince años de mi último viaje a Praga, la París del Este. En aquel tiempo de mayor impaciencia me vine con dos sensaciones desagradables. Una fue la de que el fin del comunismo y el consiguiente acceso a los bienes de consumo -muy notorio en la ciudad por el auge turístico- había sustituido la presunción marxista de solidaridad por la más mezquina depredación. Chequia no parecía ir camino de convertirse en un capitalismo cleptocrático como Rusia, pero recuerdo alguno de esos episodios desagradables que relatan los occidentales que viajaron al Este poco después de la "descongelación" de los países del Telón de Acero tras la caída del Muro de Berlín. Por ejemplo el de que a uno le cobren hasta por entrar en una biblioteca en obras o que le digan en la cara -cara de tonto, desde luego- que el precio que marca el cepillo de dientes del escaparate es solo para locales, pues a los de fuera nos cobran más. ¿Por qué? Porque supuestamente yo era un occidental con dinero y ellos no. Y esto sin el más mínimo gesto de cortesía, con una frialdad de muerte. Insisto: no llegaba a ser Rusia, ese país donde la mayoría ha descubierto que el comunismo era malo, en contra de lo que vendía el Régimen, pero que -en esto sí acertaba la propaganda del Kremlin- el capitalismo es aún peor. Aún así jodía bastante, la verdad. Me han timado montones de veces en zocos de países árabes, pero es un poco como un desafío: te toman el pelo aunque con arte. Aquí tan solo te la clavaban y, si protestabas a la camarera, aparecía un mastodonte de Silesia con cara de estar a punto de abofetearte.







La otra sensación es que tanta belleza empalagaba. Praga parecía una especie de decorado para hacer películas sobre Mozart, el escenario perfecto para que alemanes cobijados por el poderío del marco se pasearan cerveza en mano por el Puente Carlos sobre el Moldava mientras un violinista interpretaba -magníficamente- el tramo más recordado de Smetana. Praga me pareció entonces un hermoso bazar para que los turistas lo depredaran y los sobrevenidos comerciantes locales, ex-funcionarios del Estado comunista y ex-operarios industriales muchos de ellos, se dedicaran a hacer el agosto.



2. Praga ha cambiado en este tiempo. Uno se "occidentaliza" en cuanto le meten un par de Zaras, unos cuantos McDonald´s y un Haggen-Dasz... entonces la cosa ya no tiene marcha atrás. Y si además aparece un Vuitton o un Hermés, aunque sea con las chancas que se han quedado demodé en países más ricos, entonces ya es la leche. La gente ha aprendido a sonreír, y te timan, pero no te miran además con cara de asco. Algo es algo. En cuanto a la belleza, Praga es la misma, pero creo que el que ha cambiado soy yo. Esta vez sí me dejé arrebatar por el encanto de Malà Strana o la turbadora belleza de los puentes, la península sobre el río, la calle Nerudova o el barrio del Castillo. Estúpido seguir, nada diré que no expliquen mejor las guías.
Pero sí creo haber aprendido algo: la belleza experimentada es algo con lo que uno se queda para siempre. Un amigo que vivió un año entero con una beca del Cervantes en Roma me confesó haber llorado durante días al percatarse -con la fealdad de Valencia- de la hermosura que había perdido. Esta vez he conseguido abstraerme de tanta gente deambulando por el Carlovo o comiendo salchichas junto al Reloj de los apostoles. Praga es bella, inmensamente bella, en cierto modo a mi pesar, o al del joven impaciente que fui.


3. Volví a Praga porque amo a Kafka desde la adolescencia. Debe ser la atracción de los niños por los monstruos y lo prodigioso, pero me empezó atrapando con aquello de Gregorio Samsa "convertido en un monstruoso insecto", y ya no pudo abandonarme. Y, sin embargo, presiento ya en ese lejano entonces una misteriosa empatía con aquel viajante de comercio. Atenazado por la obligación de ir al colegio y estudiar, me sentía estupidamente culpable por no llegar a tiempo a clase y temer que toda suerte de males se abalanzaran sobre mí. Nada define mejor la conducta neurótica que, me temo, ha dejado de ser designio de unos cuantos infortunados para convertirse en destino de nuestra racionalizada comunidad: si lo que descubro al mirarme en el espejo es una enorme cucaracha, ¿qué pensarán mis padres, los maestros, los curas? "Cualquiera de nosotros puede llegar a sentirse como un insecto", dice Justo Serna en Héroes alfabéticos.


El tiempo me hizo cambiar a Samsa por el Jose K de El proceso y, muy especialmente, por el Agrimensor K de El castillo, acaso la novela que más ha influido en mi vida, novela extrañamente inacabada como Arthur Gordon Pym, con la que acaso coincida en la imposibilidad de poner fin a la desesperación más que con la muerte física, que queda fuera del proceso de escritura. Ya no me hizo falta el insecto. K, en el insistente objetivo de entrar en contacto con el Castillo, se topará una y otra vez con todas las fibras de una red que no hay manera de destejer. Dijo Cioran que la única razón por la que soportaba la vida era porque sabía que podía acabar con ella en cualquier momento. En los relatos de Kafka la pesadilla proviene precisamente de la imposibilidad de sucumbir al deseo de abandonar.




4. Creo que he empezado a saber quien fue Franz Kafka. Desde siempre me lo imaginé como un tipo apocado, enfermizo y tímido, incapaz de disfrutar de la vida y salir del círculo de amargura en que su condición hipersensible le había recluido. El dolor, no había otro concepto que pudiera asociar tan fácilmente al novelista.









Ciertamente, en Kafka se dan las condiciones de una identidad compleja y fragmentada: checo, cuando serlo suponía formar parte del imperio austro-húngaro -que tantos rastros ha dejado en la ciudad-, judío pero de habla y querencia alemana. Vivió su niñez en Josefov, el barrio judío, pero fue justamente entonces cuando las autoridades de la ciudad decidieron demolerlo para "higienizar" la zona, que tras ser abandonada por las familias hebreas pudientes, se había convertido en un reducto de maleantes y mendigos. Salvadas ya tan solo las sinagogas y el increíble cementerio donde se apilan las lápidas de siglos de muertos, lo que ahora llamamos Judería de Praga es un producto del urbanismo del siglo XX. Kafka confesaba después tener el alma desgarrada cuando, en sus interminables paseos más allá de Stare Mestó, sentía estar caminando sobre un espacio habitado por el espesor fantasmagórico de un pasado que él sí podía entrever, pero que ya se ocultaba a los que no vivieron en el viejo ghetto.

Y, sin embargo, es en todo caso el escritor, no el hombre, quien se reconoce en esa caracterización que creemos confirmar en los retratos y que ya se ha hecho tópica. Kafka no fue exactamente un hombre trágico. Bebía cerveza, acudía a los cafés para ver a sus amigos, daba largas a sus novias porque tenía pavor a las responsabilidades del matrimonio y soñaba con paraísos tropicales. Kafka era profundamente infeliz porque le molestaban los ruidosos vecinos, la obligación profesional de gestionar durante jornadas laborales infernales como burócrata el imperio austró-húngaro y porque era más bien torpe para encender el fuego y no morirse de frío en las lóbregas viviendas que alquilaba. En todo caso -era judío, no lo olvidemos-, vivía demasiado acomplejado por el sentimiento de culpabilidad que le había inoculado Hermann Kafka, un padre demasiado empeñado en recordar a sus hijos lo mucho que había sufrido toda la vida para que ellos se dedicaran a disfrutar de la vida.




5. Chequia ha superado la miserable postergación a la que fue sometido el mayor de sus genios por el estalinismo. Desde la Primavera de Praga, ya ni siquiera se toleraba la presencia de sus escritos en las librerías. Triste destino el de tales joyas de la literatura. Max Brod, admirable personaje, hubo de librarlas de la quema a la muerte de su mejor amigo, acaso porque las amaba de la manera que era incapaz su autor. Después, con la llegada de los nazis, hubo de ponerlas de nuevo a cubierto... Acertadamente, me temo, pues los escritos de aquel judío habrían tenido la hoguera por destino de haber caído en manos de las tropas de Hitler. El comunismo real debió intuir en aquellos textos un anticipo de la crítica del modelo burocratizado con el que los sistemas totalitarios pretendieron racionalizar con corsé de hierro las vidas de los individuos. Muchos años después de los tanques, Praga homenajea con un nuevo Museo al mejor de sus hijos, al hombre que amó y odió a su ciudad como a una "madre de garras afiladas".


6. El autor de El proceso recibe el mayor de los honores póstumos que puede recaer sobre un escritor: se ha convertido su nombre en categoría filosófica. Y así, llamamos kafkiana a cualquier situación donde nos sentimos extrañamente obligados a actuar pero, en última instancia, se nos escapa el sentido de dicha situación, lo cual nos pone ante el más angustioso de los desafíos: seguir por donde íbamos, aunque no supiéramos por qué íbamos por allí, o detenernos para expresar nuestra rebeldía, aunque no sepamos exactamente contra qué nos rebelamos. Franz Kafka no es grande por haber criticado la indefensión del individuo ante la maquinaria gigantesca de la burocracia, no sólo por ello. Es grande porque fue capaz de describir con una minuciosidad casi insoportable los mecanismos del poder y su efecto sobre los individuos. Más que el temor del viejo siervo de la gleba, lo que sujeta ahora al nuevo hombre es la extraña lógica de la disuasión y el consentimiento, ese enigmático "no saber" con que el agrimensor o José K se topan una y otra vez en sus intentos de llegar a la verdadera esencia de la justicia o el poder político. Kafka habla de la locura del mundo moderno en su propio lenguaje, y eso le acerca a Nietzsche y marca el camino a las vanguardias artísticas o a Beckett.







Los relatos de Kafka tienen la osadía de cifrar el precio de la Muerte de Dios. Como judío, sabía perfectamente que el designio de Dios era ser continuamente convocado pero sin llegar jamás a comparecer, convirtiendo la espera en el designio supremo de la verdadera fe religiosa, la cual es, paradójicamente, la que nunca se da por satisfecha. El guardián ante la puerta -uno de sus más célebres relatos breves- nos dice que para llegar al corazón de la Ley hace falta pedir permisos a otro guardián, tras el cual sólo hallaremos otra puerta y otra, hombres más poderosos con noes mucho más concluyentes... y eso aún a sabiendas de que el primer e insignificante guardián ya empezó a cerrarte el paso de forma inapelable. El guardián desaparece finalmente cuando, con la muerte, acaba tu espera, pues no existía más que para significar tu propia -y esteril- espera. El sentido de la vida misma queda en suspenso mientras deambulamos.




-"¿Qué quieres saber ahora?", pregunta el guardián, "eres insaciable".



Pero la pregunta es tan irremediable, se asocia con tanta naturalidad a este simio raro que es el hombre, que ella, como la espera, se convierten en destino.






No poder entender ya sin Kafka este mundo al que hemos sido arrojados... No encontrar palabras de agradecimiento para Brod.

Saturday, October 24, 2009










ÁGORA





1. Unos minutos antes de iniciarse el Valencia-Barça del pasado sábado transitaba entre el gentío por detrás de la grada sur del estadio cuando hube de detenerme porque un tumulto me cerraba el paso. La gente miraba hacia un misterioso vacío que acababa de abrirse en la entrada al parking de Mestalla... Llegaron un señor escoltado por las fuerzas de orden público y entonces lo entendí: era el Presidente del Barça, Joan Laporta. Los gritos desgarradores de caras crispadas y sumamente amenazante acompañaban los insultos a la madre del personaje con los hurras a la patria: ¡arriba España, hijo de puta! En apenas unos segundos -aunque sin duda aquel grupo de adalides de la nación llevaban largo rato concentrados en el lugar para disfrutar aquel fugaz instante de gloria- la carga de furia y odio que se concentró en el lugar fue tal, que creo que si la polícía se hubiera descuidado, a Laporta le habrían llenado de golpes y escupitajos, le habrían hecho comerse una bandera cuatribarrada o, puestos a dejar salir instintos básicos, le habrian desollado vivo.



Todo muy edificante. Me recordaron a esa gente aparentemente desocupada que se congrega a las puertas de los juzgados y espera durante horas a que llegue un imputado por violación, estafa o similares para -con la complacencia de los reporteros presentes, encantados por el espectáculo- lanzarse a increpar, insultar e incluso agredir al presunto delincuente. Cuando presencio este tipo de escenas en la tele siempre me pregunto si un día no pasaré yo con mi despiste habitual por el palacio de justicia y se me echará encima alguno de esos energúmenos que, tras confundirme con un etarra o un salteador de caminos, me arreará una somanta de hostias mientras las televisiones lo filman y el gentío echa fotos con el móvil. Alguno incluso puede enviarle un sms con imagen a sus amigotes y decirles, "mira, mira como ponen a caldo al joputa ese". Me viene a la memoria aquel asunto de cierta Eurocopa de fútbol en Holanda, donde los grupos de ultras de los distintos equipos citaban a la prensa para que acudiera a la hora y el lugar señalado donde iban a pegarse aquel día. Dijo Baudrillard a vueltas con aquel asunto que cada vez que veía un cámara de televisión filmando experimentaba el deseo irrefrenable de salir corriendo, pues aquello era un síntoma de que algún tipo de violencia estaba a punto de estallar.



2. Desde los gritos a Laporta he visto dos veces Ágora. No tengan ninguna duda, deben verla también ustedes; no es imprescindible, al menos en este caso, encontrar una versión original, pero sí es necesaria la gran pantalla de una sala de cine. Puedo aceptar que la película contenga aspectos discutibles. Lo que no entiendo es que se diga -y ya lo he escuchado o leído un par de veces- que resulta "fría". Acepto que los planteamientos narrativos que caracterizan el cine de Amenabar transmiten con frecuencia un paisaje moral algo simplista. No es criticable que, con respecto a la figura de Hipatia, maneje datos hipotéticos, pues difícilmente podría darse una versión definitamente veraz sobre ciertos sucesos en los que estuvo implicada. También detecto una cierta idolatría ingenua hacia su heroína. El personaje al que pone cara y cuerpo Rachel Weisz es a todo punto una figura heroica e intachable, una especie de vestal inmaculada cuya renuncia al amor terrenal parece un símbolo de su entrega a la luz de la sabiduría.



La cegadora luminosidad del personaje central del film, tanto si proviene de la astucia de complacer al gran público como si responde a una propuesta ideológica de trazo excesivamente grueso, lleva directamente a la problemática que ha suscitado las mayores controversias en torno al film. ¿Son las religiones la verdadera gran infección que ha envenenado la historia? Viendo Ágora, se me ocurre decir que los caminos hacia los que los sacerdotes de los distintos cultos -en especial de los monoteístas- han inclinado nuestras vidas han sido los del fanatismo, el odio, la codicia, la lucha descarnada por el poder y la venganza. De entre sus víctimas, la mayor es sin duda la ciencia. Y de ello, este film hace un símbolo en la figura de Hypatia. Pocas buenas películas presentan intenciones tan transparentes: el dogma contra la ciencia, la fe contra la razón.







En muy pocos años, ese enclave decisivo para la historia de Oriente y Occidente que es Alejandría vio cómo se pasaba de tener proscrita a cierta secta desgajada del judaísmo a ser tolerada después, para -finalmente- convertirse de la mano de Teodosio en credo oficial del Imperio. Así, el film explica cómo los sacerdotes paganos, encolerizados por las burlas de las que sus estatuas son objeto por aquellos insolentes, lanzan a sus devotos a protagonizar una matanza de cristianos que termina volviéndose en su contra.

-"¿Desde cuando hay aquí tantos cristianos?", dice uno de ellos cuando la respuesta al primer ataque obliga a los paganos -todavía religión oficial, una mezcla más o menos estrambótica de religión greco-romana y culto egipcio- a encerrarse en el Serapeo para salvar el cuello. Cuando los cristianos obtienen al fin el permiso imperial para tomar lo que resta de la antigua Gran Biblioteca, la suerte de la sabiduría de siglos encerrada en aquel lugar mágico está definitivamente echada: "Basura pagana", y al fuego con aquellos miles de códices repletos de belleza.


El inicio del poder teocrático del nuevo obispo de Alejandría, Cirilo, como tenso contrapeso al de las autoridades imperiales, continuará su labor higiénica de destrucción de los ídolos paganos con la expulsión de la ciudad de los judíos y el saqueo de sus propiedades. "Jesús era judío", dicen los miembros del Sanedrín después de que los violentísimos parabolanos -ejército de Cristo, precedente de los Cruzados y de tantos que las autoridades eclesiásticas han designado para vigilar la presencia del Maligno- hayan hostigado el sabbath a pedradas. Obligados a huir, son declarados raza maldita de la historia. Entre tanta locura, la posición de Hypatia no cambió.

-"¿Y puede decirnos la gentil Hypatia en que cree, dado que no nos consta que siga alguna fe?"


-"Yo creo en la Filosofía"



He olido desde pequeño la corrupción de las almas y los cuerpos en la mayoría de sacerdotes que he conocido, he leído en exceso a paganos y anarquistas... de manera que debe ser un sentimiento irracional el que arraiga en lo más profundo de mis vísceras una hostilidad hirviente contra el cristianismo. Son esos entresijos los que se despiertan cuando veo al odioso parabolano excitar astutamente a las masas para lapidar y arrastrar desnudo por las calles a todo aquel que no abrace la fe verdadera.



Debo matizar, no obstante, que el guión que maneja Alejandro Amenabar no es lo consecuente que habría de ser para explicar por qué prende tanto y en tan poco tiempo la fe de esa misteriosa secta cuyos rezos viajaron desde Asia. Apenas se barrunta que hay una esperanza de liberación de la servidumbre en aquellos monjes que de vez en cuando abandonaban el retiro en el desierto para hacer proselitismo en el tráfago de las ciudades. Apenas se nos habla del hábito de la limosna que granjea la entrega incondicional de los pobres. De haberlo hecho, se podría entender mejor por qué las gentes humildes escuchan a clérigos que, bajo la excusa eterna de la interpretación literal de las sagradas escrituras, predican el fanatismo y la devastación de los heterodoxos.

La extensión de aquella fe por Occidente fue, ciertamente, producto de la crisis del entramado imperial, pero no hubiera prendido de la manera en que lo hizo entre las gentes hasta crear un mundo nuevo si solo hubiera consistido en un amasijo de fetiches y relatos de santos y milagros. Ya no es tiempo de preguntarse si fue peor o mejor para la historia la llegada del orden medieval, cuyas auténticas raíces políticas socioeconómicas y espirituales están empezando a afianzarse en aquel tiempo, y lo están haciendo en enclaves tan decisivos como el de aquella península no muy alejada del Delta del Nilo cuyos magníficos palacios se fueron hundiendo con los siglos, cuando la tierra ya no soporto su inmenso peso.



Pero no puede uno dejar de lamentarse por la extinción de un foco del saber tan fecundo y potente como el de la vieja Biblioteca de Alejandría. Hypatia fue la mejor heredera del impulso neoplatónico proveniente de Plotino y que encontró en aquel lugar admirable su mejor refugio. Fue hija de Teón, último director de la Biblioteca, de la cual el Serapeo, ese lugar que las hordas de fanáticos arrasaron, fue el último reducto. Después, el silencio, las tinieblas. Europa tardó más de mil años en recuperar los descubrimientos de Hypatia y quienes trabajaron en astronomía, matemáticas y filosofía junto a ella. Destinada por su padre a ser un sujeto ejemplar a través de la epimeleia -el cuidado de la propia alma y del propio cuerpo-, la terrible muerte de Hypatia -lapidada y arrastrada por una masa de fanáticos que la acusaron de brujería- es el símbolo de una pérdida de la que, acaso, nunca hemos podido reponernos del todo. Hypatia era sabia, era influyente y era mujer. No me extraña que tipos tan abyectos como Cirilo o Amonio -elevados por la Iglesia Católica a la santidad por los siglos de los siglos- le tuvieran tanto odio.






Quizá haya demasiada épica en favor de un personaje cuya figura, después de todo, está demasiado revestida de la leyenda forjada por Voltaire, el Romanticismo o, más recientemente, el Feminismo. Quizá, pero no conozco otros valores que los que encarna para soñar con un mundo sin mujeres adúlteras lapidadas, curas siniestros que prohíben los condones o misiles que declaran tener a Dios de su lado.








-"Debes convertirte a mi fe, Hypatia"

-"Tú, Sinesio, no puedes cuestionar eso en lo que crees. A mí no me es posible vivir así"


Con esa respuesta, Hypatia firmaba su sentencia de muerte.



Me viene al recuerdo cierto autor, Richard J. Bernstein. Dice en su imprescindible El abuso del mal:

"reconocer nuestra falibilidad es reconocer nuestra finitud humana"

La finitud, cuánta sangre ha costado no entender algo tan simple.

Vean Ágora, por favor. Pocas veces finaliza hoy en día una película mientras parte de la sala aplaude y la otra silba. Eso últimamente ya sólo pasaba en los estadios.
Y, por cierto, hablando de estadios, no sé por qué he titulado con el film de Amenabar un artículo que empieza hablando de Laporta. El caballero tiene poco que ver con Hypatia, desde luego. Quienes le amenazaban e insultaban, esos sí que aparecen en Ágora... Creo que es por eso.

Wednesday, October 14, 2009







CABEZA DE TURCO.




Algunos compañeros de Latín, Historia, Lingüística o Filosofía aprovechan estas horas para explicar a los alumnos el sentido de este concepto cuyo origen -como tantas veces sucede- se remonta a remotos y épicos devenires. Al parecer, fueron los cruzados los que, al regresar por mar de Tierra Santa, colocaban la cabeza ensartada de un turco en una pica y pasaban la larga y penosa travesía insultando a la susodicha cabeza y echándole la culpa de todos los males. Así, la infortunada, cada vez más horrendamente demacrada por las tempestades y la necrosis, terminaba recibiendo no solo las increpaciones obvias por la extensión del Mal Infiel o la derrota de la Cruz en castillos hostiles, sino también por el mal tiempo, la esposa que sospechaba un marinero que había roto el cinturón de castidad o el mal aire que queda en la bodega cuando los víveres se pudren.





Ricardo Costa es una cabeza de turco, ¿quien lo duda? No soy sospechoso: el personaje me produce una profunda repelencia. Tanta, que probablemente no tarden mis sentimientos en pegarse la vuelta -como en aquellas máquinas de petaco, que cuando se sumaba una barbaridad de puntos te contaban desde cero- y me pase con él como con Julio Iglesias, el entrenador Mourinho o la Baronesa Thyssen, a los que he deseado toda suerte de maldiciones durante tantos años que al final he terminado por cogerles cariño, fíjense. A fin de cuentas, Costa es uno de esos personajes extremos sin los cuales la vida pierde un poquito de su sabor. No solo es un pijo que no sabe disimular ni mesurar sus gestos, con esa arrogancia del que se siente seguro arrullado en el regazo de los ganadores y convencido de que su talento le llevará algún día a ser el Number One. Costa es, ante todo, un actor, una ambición incontenida con traje de postín, corte impecable y coche de lujo que aplaude a su líder en el Parlamento con sobreactuada euforia para convencer a los votantes de que forma parte de una casta de líderes, y a los oponentes de que "sois unos mierdas".


A estas horas del miércoles 24 de octubre ya sabemos que Costa es un cadáver político. Es posible que a algunos les conmuevan sus lágrimas desconsoladas cuando supo que Madrid había dado órdenes muy claras de cortarle la cabeza. La lógica del capitalismo salvaje que tanto adoran los acólitos del PP es la que le condena. "Usted ya no nos sirve, simplemente ya no vende." Hay un programa concurso de la tele que parece diseñado para sadomasoquistas, no en vano la presentadora adopta aires y atavío de dóminatriz de escuela inglesa. Me encanta la frase con la que despide en tono despreciativo al que cae en la última ronda: "Has llegado hasta la final, pero te vas sin nada. Adiós." No creo sin embargo que Costa vaya al paro. Pero seguro que mientras solloza deja escapar algún dulce "soy un fracasado". Sí, lo eres, yo también, bienvenido.




¿Es inocente Ricardo Costa? Desde luego que no. No hace falta serlo para ejercer de cabeza de turco. Nerón acusó a los cristianos de haber quemado Roma y los inquisidores de aldea quemaban a la loca de la casa de la vereda que decía no sé qué de Satanas porque la sequía devastaba las cosechas. Eran inocentes, Costa no. Lo que revelan los informes de la Fiscalía son conductas sencillamente repugnantes. Lo que se dice, lo que se hace, con quien se trabaja y se festeja, lo que se ambiciona... todo induce a pensar que el grupo político que gobierna el País Valenciano -con todas las salpicaduras madrileñas de conviene no olvidar- está atravesado por la corrupción. El día que se descubrieron unas conversaciones telefónicas en las que supuestamente el ex-presidente Zaplana decía estar "en política para forrarme", se reveló todo un programa de gobierno que, desde luego, no ha cambiado con la Era Camps. Ahora bien, que el peón -o el álfil, si quieren- forme parte del equipo no le convierte en Reina. Si se sacrifica peón o álfil es porque lo que se pretende es salvar la Reina. Así de sencillo. Ahora falta saber si la Reina a salvar está en Valencia o en Madrid, porque el peligro de quitar de enmedio al que te parapeta consiste en que el siguiente puedes ser tú.



En los últimos días explico las críticas socráticas a los sofistas. Estos ilustres y astutos triunfadores del ágora seducían a las masas con su elocuencia, pero desacreditaban el ejercicio de la política, pues tras toda su demagogia no se encontraba sino el ansia del éxito personal. "...que solo tendrán buenos gobiernos aquellas ciudades donde los gobernantes no estén ansiosos por serlo", dice el maestro al joven Glaucón en el Libro VII de la platónica República. Cuando el único justificante de los actos del político es la ambición, cuando el único riesgo que se valora seriamente es el de perder votos, entonces la política ya no es servicio a la polis, solo el escenario de una mezquina lucha por el poder. Y entonces -Platón es rabiosamente actual- el ejercicio de la política se revela como pura retórica: arte de convencer, habilidad para inclinar en pro de los propios intereses la opinión de las masas. El esperpéntico espectáculo mediático de las últimas horas, en que se nos intenta convencer de que los molinos son gigantes y la mierda huele a flores, convencería al maestro de que los titiriteros no abandonaron nunca la caverna.





¿Y ahora qué? Nada.







Nada de nada. El equipo de Camps diseñó hace años una estrategia brillante consistente en hacer creer a los valencianos que hay un contubernio socialista dirigido desde las tenebrosas estancias de Ferraz y la Moncloa para torpedear a la región, lo cual incluye regalarle a la pérfida Catalunya el dinero que nos corresponde, quitarnos el agua del Ebro y negarnos la inversión en toda suerte de grandiosas infraestructuras. La culpa de todo lo malo que pasa en Valencia la tiene Zp -quien para colmo dijo desear que Villa fichara por el Barça-, en cuanto a los éxitos, son cosa de Camps. Para completar la trama tenemos a Rita Barberá organizando fastos inútiles para subir la autoestima de los valencianos y a Canal 9 recordándonos a cada momento el sonsonete no sea que se nos olvide.



Quizá una oposición parlamentaria sólida y creíble haría de esto algo más que un espectáculo circense. En estos momentos, el PP no perdería las elecciones en Valencia ni aunque el Caso Gurtel obligara a dimitir al Presidente Camps. Quizá es que tenemos lo que nos merecemos.