Friday, November 06, 2009









1. EL INVIERNO se anuncia matando a nuestros viejos: López Vázquez, Ayala, Levi-Strauss. Desde que murió Lola Flores ya no encuentro a ninguno de esos de los que uno piensa que le van a acompañar siempre... esos que, si les asoma la Muerte por la puerta, al verle va a asustarse y saltar por la ventana.
José Luis López Vázquez...no recuerdo un sólo día de mi vida sin haber conocido ese nombre. Cuando, siendo crío, le veía en las revistas vestido de calle y no de actor me parecía un hombre extraordinariamente triste y aburrido, un señor calvo y sin fortuna que caía en manos de mujeres despiadadas que terminaban desplumándole... Lo más lejano imaginable de un hombre feliz. Pero después, mi madre ponía la tele y le veíamos en una tele en blanco y negro. Qué gran actor tiene que ser quien es capaz de interpretar tan magistralmente a alguien que no tiene nada que ver consigo mismo. Con tan poco apellido, con tan poca estatura, tan poco pelo... tan lejos del glamour como Aleixandre y tantos otros que levantaron una inteligente sonrisa en un país acomplejado, López Vázquez fue capaz de deslumbrar dirigiendo el atraco a un banco de lo que cuarenta años después habríamos llamado un hatajo de freakys, a la vez que encarnaba al más odioso y servil de los pelotas de algún oligarca del franquismo: "descuide, nos ocupamos de todo... y póngame a los pies de su señora". Inútil seguir, es preciso mirarle y escucharle. No dejo de asociarle a todas aquellas historietas de Pulgarcito o Mortadelo. Todos aquellos tipos humanos tan risibles, Pepe el Hincha, Petra -criada para todo-, las Hermanas Gilda, el Botones Sacarino, el Profesor Tragacanto... todo eso estaba en el cómic satírico tanto como en la comedia cinematográfica. Me pregunto si queda algo de todos aquellos años de hierro en los Bardem, Cruz y Amenabar a los que ahora vitorean en los centros neurálgicos del mundo. Quizá no, y ¿quien sabe?, a lo mejor vale más olvidarse de aquel paisaje celtibérico tan gris y aquellos hombres subdesarrollados. Pero yo... me temo que envejeceré con aquel sonsonete agudo en la cabeza: "Para servirle, Fernando Galindo, un admirador, es esclavo, un siervo, un amigo."





2. EN LA MUERTE de Claude Levi-Strauss... indulgencia para quienes, al enterarse, dicen eso de "pero ¿es que todavía estaba vivo?". Un hombre puede morir de vejez y, sin embargo, pertenecer a la generación posterior a la del anciano que agoniza al mismo tiempo en la habitación de al lado. El momento de máximo esplendor y poder del autor de Le pensament sauvage en París, más concretamente en el College de Francia, está tan lejos ya en el tiempo, que cuesta imaginar que un hombre haya sobrevivido tanto tiempo al declive de las propias ambiciones. La de Levi-Strauss es un biografía muy siglo XX. Judío belga y francófono de origen, se formó en La Sorbona, en la que ya empezó a trabajar como agregado con la edad de un inexperto estudiante. Después vinieron los nazis y los problemas serios. Huyó y alimentó su docencia como antropólogo en la Universidad de Sao Paulo pasando largo tiempo en el Mato Grosso junto a distintas tribus amazónicas. Pasó a Nueva York y, finalmente, para cerrar el círculo, todavía con todo por llegar, regresó a París, donde su trayectoria termina convirtiéndole en una de las mayores autoridades de la historia del pensamiento francés contemporáneo.

Presiento que algunas cosas de mi vida habrían sido distintas sin él. Hice mi tesina sobre el lugar de Michel Foucault en el escenario filosófico francés, y mi tesis sobre la relación entre el análisis de la cultura del mundo tardoindustrial hecha por el propio Foucault y por Jean Baudrillard. Ambos se esforzaron en incontables ocasiones por marcar sus distancias con respecto al padre del Estructuralismo. No es desagradecimiento, es voluntad de supervivencia, necesidad de una identidad reconocible: había que decir que no se era estructuralista o que no se compartía el presunto desprecio de Levi-Strauss por la historia o, de lo contrario, uno se quedaba sin derecho a existir como autor: había, en suma, que matar al Padre. Curioso: ha sobrevivido a todos sus hijos, los leales y los fugitivos. Lo que sí sé es que nada sería hoy lo mismo en el pensamiento francés sin el anciano que acaba de morir.



No soy capaz de explicar a Levi-Strauss en unas líneas. Pero creo que, más allá de la tradición estructuralista, de la revolución epistemológica operada a partir de Saussure y de Jakobson, del terremoto antropológico, de la ruptura con toda una gigantesca imagen del Sujeto Occidental basada en la filosofía de la historia de Hegel, más allá de lo ridículo que resulta aquel sarcasmo que en los primeros setenta habló de la revuelta estructuralista como de "otra moda parisien", lo que creo que nos enseñó fue una nueva manera de mirar. Aquel profesor llegado de Sao Paulo no intentaba redimir a los indios ni recuperar la santidad del Buen Salvaje ante la corrupción moral de nuestras urbes... Lo que logró Levi-Strauss fue proyectar una mirada sobre la cultura que, al liberarse de los prejuicios interpretativos de los tradicionales viajeros europeos, logró descifrar los signos de la cultura a la luz de los códigos específicos desde los que emergían. Cada símbolo, cada tatuaje, cada gesto de ceder el vaso, cada regla de parentesco, cada don y contra don, cada incineración ritualizada... son elementos que no pueden traducirse por sí mismos, que no remiten a nada que podamos entender de por sí, salvo que los insertemos dentro de un gran sistema -una estructura- que les da vida y sentido.


Insisto, no se trataba sólo de respetar a los indígenas -esos llamados "pueblos sin historia"-, aunque haya algo de eso en la herencia de este antropólogo. Sólo al regreso de la estancia entre esos hombres que llaman "estúpido" a quien no va tatuado, o ritualizan el nacimiento o la muerte como parte de un ciclo simbólico que nada tiene que ver con nuestra imagen científica del mundo, llegamos de verdad hacernos idea de lo que realmente hemos ganado: ahora puedo observarme a mí mismo como miembro de una "tribu", pueblo primitivo o salvaje en cierto modo, puesto que lo que entendí como "verdad objetiva", visión literal de lo real, se articula sin embargo como una densa red simbólica tan sometida al influjo de los mitos, los chamanes, el intercambio ritual o las fuerzas del destino como el de los nambikwara.








(La caricatura es de Maurice Henry, en la época de mayor celebridad del movimiento estructuralista. Los "salvajes" son de izquierda a derecha Foucault, Lacan, Levi-Strauss y Barhtes)

Thursday, October 29, 2009













BUSCANDO A KAFKA










1. Hace casi quince años de mi último viaje a Praga, la París del Este. En aquel tiempo de mayor impaciencia me vine con dos sensaciones desagradables. Una fue la de que el fin del comunismo y el consiguiente acceso a los bienes de consumo -muy notorio en la ciudad por el auge turístico- había sustituido la presunción marxista de solidaridad por la más mezquina depredación. Chequia no parecía ir camino de convertirse en un capitalismo cleptocrático como Rusia, pero recuerdo alguno de esos episodios desagradables que relatan los occidentales que viajaron al Este poco después de la "descongelación" de los países del Telón de Acero tras la caída del Muro de Berlín. Por ejemplo el de que a uno le cobren hasta por entrar en una biblioteca en obras o que le digan en la cara -cara de tonto, desde luego- que el precio que marca el cepillo de dientes del escaparate es solo para locales, pues a los de fuera nos cobran más. ¿Por qué? Porque supuestamente yo era un occidental con dinero y ellos no. Y esto sin el más mínimo gesto de cortesía, con una frialdad de muerte. Insisto: no llegaba a ser Rusia, ese país donde la mayoría ha descubierto que el comunismo era malo, en contra de lo que vendía el Régimen, pero que -en esto sí acertaba la propaganda del Kremlin- el capitalismo es aún peor. Aún así jodía bastante, la verdad. Me han timado montones de veces en zocos de países árabes, pero es un poco como un desafío: te toman el pelo aunque con arte. Aquí tan solo te la clavaban y, si protestabas a la camarera, aparecía un mastodonte de Silesia con cara de estar a punto de abofetearte.







La otra sensación es que tanta belleza empalagaba. Praga parecía una especie de decorado para hacer películas sobre Mozart, el escenario perfecto para que alemanes cobijados por el poderío del marco se pasearan cerveza en mano por el Puente Carlos sobre el Moldava mientras un violinista interpretaba -magníficamente- el tramo más recordado de Smetana. Praga me pareció entonces un hermoso bazar para que los turistas lo depredaran y los sobrevenidos comerciantes locales, ex-funcionarios del Estado comunista y ex-operarios industriales muchos de ellos, se dedicaran a hacer el agosto.



2. Praga ha cambiado en este tiempo. Uno se "occidentaliza" en cuanto le meten un par de Zaras, unos cuantos McDonald´s y un Haggen-Dasz... entonces la cosa ya no tiene marcha atrás. Y si además aparece un Vuitton o un Hermés, aunque sea con las chancas que se han quedado demodé en países más ricos, entonces ya es la leche. La gente ha aprendido a sonreír, y te timan, pero no te miran además con cara de asco. Algo es algo. En cuanto a la belleza, Praga es la misma, pero creo que el que ha cambiado soy yo. Esta vez sí me dejé arrebatar por el encanto de Malà Strana o la turbadora belleza de los puentes, la península sobre el río, la calle Nerudova o el barrio del Castillo. Estúpido seguir, nada diré que no expliquen mejor las guías.
Pero sí creo haber aprendido algo: la belleza experimentada es algo con lo que uno se queda para siempre. Un amigo que vivió un año entero con una beca del Cervantes en Roma me confesó haber llorado durante días al percatarse -con la fealdad de Valencia- de la hermosura que había perdido. Esta vez he conseguido abstraerme de tanta gente deambulando por el Carlovo o comiendo salchichas junto al Reloj de los apostoles. Praga es bella, inmensamente bella, en cierto modo a mi pesar, o al del joven impaciente que fui.


3. Volví a Praga porque amo a Kafka desde la adolescencia. Debe ser la atracción de los niños por los monstruos y lo prodigioso, pero me empezó atrapando con aquello de Gregorio Samsa "convertido en un monstruoso insecto", y ya no pudo abandonarme. Y, sin embargo, presiento ya en ese lejano entonces una misteriosa empatía con aquel viajante de comercio. Atenazado por la obligación de ir al colegio y estudiar, me sentía estupidamente culpable por no llegar a tiempo a clase y temer que toda suerte de males se abalanzaran sobre mí. Nada define mejor la conducta neurótica que, me temo, ha dejado de ser designio de unos cuantos infortunados para convertirse en destino de nuestra racionalizada comunidad: si lo que descubro al mirarme en el espejo es una enorme cucaracha, ¿qué pensarán mis padres, los maestros, los curas? "Cualquiera de nosotros puede llegar a sentirse como un insecto", dice Justo Serna en Héroes alfabéticos.


El tiempo me hizo cambiar a Samsa por el Jose K de El proceso y, muy especialmente, por el Agrimensor K de El castillo, acaso la novela que más ha influido en mi vida, novela extrañamente inacabada como Arthur Gordon Pym, con la que acaso coincida en la imposibilidad de poner fin a la desesperación más que con la muerte física, que queda fuera del proceso de escritura. Ya no me hizo falta el insecto. K, en el insistente objetivo de entrar en contacto con el Castillo, se topará una y otra vez con todas las fibras de una red que no hay manera de destejer. Dijo Cioran que la única razón por la que soportaba la vida era porque sabía que podía acabar con ella en cualquier momento. En los relatos de Kafka la pesadilla proviene precisamente de la imposibilidad de sucumbir al deseo de abandonar.




4. Creo que he empezado a saber quien fue Franz Kafka. Desde siempre me lo imaginé como un tipo apocado, enfermizo y tímido, incapaz de disfrutar de la vida y salir del círculo de amargura en que su condición hipersensible le había recluido. El dolor, no había otro concepto que pudiera asociar tan fácilmente al novelista.









Ciertamente, en Kafka se dan las condiciones de una identidad compleja y fragmentada: checo, cuando serlo suponía formar parte del imperio austro-húngaro -que tantos rastros ha dejado en la ciudad-, judío pero de habla y querencia alemana. Vivió su niñez en Josefov, el barrio judío, pero fue justamente entonces cuando las autoridades de la ciudad decidieron demolerlo para "higienizar" la zona, que tras ser abandonada por las familias hebreas pudientes, se había convertido en un reducto de maleantes y mendigos. Salvadas ya tan solo las sinagogas y el increíble cementerio donde se apilan las lápidas de siglos de muertos, lo que ahora llamamos Judería de Praga es un producto del urbanismo del siglo XX. Kafka confesaba después tener el alma desgarrada cuando, en sus interminables paseos más allá de Stare Mestó, sentía estar caminando sobre un espacio habitado por el espesor fantasmagórico de un pasado que él sí podía entrever, pero que ya se ocultaba a los que no vivieron en el viejo ghetto.

Y, sin embargo, es en todo caso el escritor, no el hombre, quien se reconoce en esa caracterización que creemos confirmar en los retratos y que ya se ha hecho tópica. Kafka no fue exactamente un hombre trágico. Bebía cerveza, acudía a los cafés para ver a sus amigos, daba largas a sus novias porque tenía pavor a las responsabilidades del matrimonio y soñaba con paraísos tropicales. Kafka era profundamente infeliz porque le molestaban los ruidosos vecinos, la obligación profesional de gestionar durante jornadas laborales infernales como burócrata el imperio austró-húngaro y porque era más bien torpe para encender el fuego y no morirse de frío en las lóbregas viviendas que alquilaba. En todo caso -era judío, no lo olvidemos-, vivía demasiado acomplejado por el sentimiento de culpabilidad que le había inoculado Hermann Kafka, un padre demasiado empeñado en recordar a sus hijos lo mucho que había sufrido toda la vida para que ellos se dedicaran a disfrutar de la vida.




5. Chequia ha superado la miserable postergación a la que fue sometido el mayor de sus genios por el estalinismo. Desde la Primavera de Praga, ya ni siquiera se toleraba la presencia de sus escritos en las librerías. Triste destino el de tales joyas de la literatura. Max Brod, admirable personaje, hubo de librarlas de la quema a la muerte de su mejor amigo, acaso porque las amaba de la manera que era incapaz su autor. Después, con la llegada de los nazis, hubo de ponerlas de nuevo a cubierto... Acertadamente, me temo, pues los escritos de aquel judío habrían tenido la hoguera por destino de haber caído en manos de las tropas de Hitler. El comunismo real debió intuir en aquellos textos un anticipo de la crítica del modelo burocratizado con el que los sistemas totalitarios pretendieron racionalizar con corsé de hierro las vidas de los individuos. Muchos años después de los tanques, Praga homenajea con un nuevo Museo al mejor de sus hijos, al hombre que amó y odió a su ciudad como a una "madre de garras afiladas".


6. El autor de El proceso recibe el mayor de los honores póstumos que puede recaer sobre un escritor: se ha convertido su nombre en categoría filosófica. Y así, llamamos kafkiana a cualquier situación donde nos sentimos extrañamente obligados a actuar pero, en última instancia, se nos escapa el sentido de dicha situación, lo cual nos pone ante el más angustioso de los desafíos: seguir por donde íbamos, aunque no supiéramos por qué íbamos por allí, o detenernos para expresar nuestra rebeldía, aunque no sepamos exactamente contra qué nos rebelamos. Franz Kafka no es grande por haber criticado la indefensión del individuo ante la maquinaria gigantesca de la burocracia, no sólo por ello. Es grande porque fue capaz de describir con una minuciosidad casi insoportable los mecanismos del poder y su efecto sobre los individuos. Más que el temor del viejo siervo de la gleba, lo que sujeta ahora al nuevo hombre es la extraña lógica de la disuasión y el consentimiento, ese enigmático "no saber" con que el agrimensor o José K se topan una y otra vez en sus intentos de llegar a la verdadera esencia de la justicia o el poder político. Kafka habla de la locura del mundo moderno en su propio lenguaje, y eso le acerca a Nietzsche y marca el camino a las vanguardias artísticas o a Beckett.







Los relatos de Kafka tienen la osadía de cifrar el precio de la Muerte de Dios. Como judío, sabía perfectamente que el designio de Dios era ser continuamente convocado pero sin llegar jamás a comparecer, convirtiendo la espera en el designio supremo de la verdadera fe religiosa, la cual es, paradójicamente, la que nunca se da por satisfecha. El guardián ante la puerta -uno de sus más célebres relatos breves- nos dice que para llegar al corazón de la Ley hace falta pedir permisos a otro guardián, tras el cual sólo hallaremos otra puerta y otra, hombres más poderosos con noes mucho más concluyentes... y eso aún a sabiendas de que el primer e insignificante guardián ya empezó a cerrarte el paso de forma inapelable. El guardián desaparece finalmente cuando, con la muerte, acaba tu espera, pues no existía más que para significar tu propia -y esteril- espera. El sentido de la vida misma queda en suspenso mientras deambulamos.




-"¿Qué quieres saber ahora?", pregunta el guardián, "eres insaciable".



Pero la pregunta es tan irremediable, se asocia con tanta naturalidad a este simio raro que es el hombre, que ella, como la espera, se convierten en destino.






No poder entender ya sin Kafka este mundo al que hemos sido arrojados... No encontrar palabras de agradecimiento para Brod.

Saturday, October 24, 2009










ÁGORA





1. Unos minutos antes de iniciarse el Valencia-Barça del pasado sábado transitaba entre el gentío por detrás de la grada sur del estadio cuando hube de detenerme porque un tumulto me cerraba el paso. La gente miraba hacia un misterioso vacío que acababa de abrirse en la entrada al parking de Mestalla... Llegaron un señor escoltado por las fuerzas de orden público y entonces lo entendí: era el Presidente del Barça, Joan Laporta. Los gritos desgarradores de caras crispadas y sumamente amenazante acompañaban los insultos a la madre del personaje con los hurras a la patria: ¡arriba España, hijo de puta! En apenas unos segundos -aunque sin duda aquel grupo de adalides de la nación llevaban largo rato concentrados en el lugar para disfrutar aquel fugaz instante de gloria- la carga de furia y odio que se concentró en el lugar fue tal, que creo que si la polícía se hubiera descuidado, a Laporta le habrían llenado de golpes y escupitajos, le habrían hecho comerse una bandera cuatribarrada o, puestos a dejar salir instintos básicos, le habrian desollado vivo.



Todo muy edificante. Me recordaron a esa gente aparentemente desocupada que se congrega a las puertas de los juzgados y espera durante horas a que llegue un imputado por violación, estafa o similares para -con la complacencia de los reporteros presentes, encantados por el espectáculo- lanzarse a increpar, insultar e incluso agredir al presunto delincuente. Cuando presencio este tipo de escenas en la tele siempre me pregunto si un día no pasaré yo con mi despiste habitual por el palacio de justicia y se me echará encima alguno de esos energúmenos que, tras confundirme con un etarra o un salteador de caminos, me arreará una somanta de hostias mientras las televisiones lo filman y el gentío echa fotos con el móvil. Alguno incluso puede enviarle un sms con imagen a sus amigotes y decirles, "mira, mira como ponen a caldo al joputa ese". Me viene a la memoria aquel asunto de cierta Eurocopa de fútbol en Holanda, donde los grupos de ultras de los distintos equipos citaban a la prensa para que acudiera a la hora y el lugar señalado donde iban a pegarse aquel día. Dijo Baudrillard a vueltas con aquel asunto que cada vez que veía un cámara de televisión filmando experimentaba el deseo irrefrenable de salir corriendo, pues aquello era un síntoma de que algún tipo de violencia estaba a punto de estallar.



2. Desde los gritos a Laporta he visto dos veces Ágora. No tengan ninguna duda, deben verla también ustedes; no es imprescindible, al menos en este caso, encontrar una versión original, pero sí es necesaria la gran pantalla de una sala de cine. Puedo aceptar que la película contenga aspectos discutibles. Lo que no entiendo es que se diga -y ya lo he escuchado o leído un par de veces- que resulta "fría". Acepto que los planteamientos narrativos que caracterizan el cine de Amenabar transmiten con frecuencia un paisaje moral algo simplista. No es criticable que, con respecto a la figura de Hipatia, maneje datos hipotéticos, pues difícilmente podría darse una versión definitamente veraz sobre ciertos sucesos en los que estuvo implicada. También detecto una cierta idolatría ingenua hacia su heroína. El personaje al que pone cara y cuerpo Rachel Weisz es a todo punto una figura heroica e intachable, una especie de vestal inmaculada cuya renuncia al amor terrenal parece un símbolo de su entrega a la luz de la sabiduría.



La cegadora luminosidad del personaje central del film, tanto si proviene de la astucia de complacer al gran público como si responde a una propuesta ideológica de trazo excesivamente grueso, lleva directamente a la problemática que ha suscitado las mayores controversias en torno al film. ¿Son las religiones la verdadera gran infección que ha envenenado la historia? Viendo Ágora, se me ocurre decir que los caminos hacia los que los sacerdotes de los distintos cultos -en especial de los monoteístas- han inclinado nuestras vidas han sido los del fanatismo, el odio, la codicia, la lucha descarnada por el poder y la venganza. De entre sus víctimas, la mayor es sin duda la ciencia. Y de ello, este film hace un símbolo en la figura de Hypatia. Pocas buenas películas presentan intenciones tan transparentes: el dogma contra la ciencia, la fe contra la razón.







En muy pocos años, ese enclave decisivo para la historia de Oriente y Occidente que es Alejandría vio cómo se pasaba de tener proscrita a cierta secta desgajada del judaísmo a ser tolerada después, para -finalmente- convertirse de la mano de Teodosio en credo oficial del Imperio. Así, el film explica cómo los sacerdotes paganos, encolerizados por las burlas de las que sus estatuas son objeto por aquellos insolentes, lanzan a sus devotos a protagonizar una matanza de cristianos que termina volviéndose en su contra.

-"¿Desde cuando hay aquí tantos cristianos?", dice uno de ellos cuando la respuesta al primer ataque obliga a los paganos -todavía religión oficial, una mezcla más o menos estrambótica de religión greco-romana y culto egipcio- a encerrarse en el Serapeo para salvar el cuello. Cuando los cristianos obtienen al fin el permiso imperial para tomar lo que resta de la antigua Gran Biblioteca, la suerte de la sabiduría de siglos encerrada en aquel lugar mágico está definitivamente echada: "Basura pagana", y al fuego con aquellos miles de códices repletos de belleza.


El inicio del poder teocrático del nuevo obispo de Alejandría, Cirilo, como tenso contrapeso al de las autoridades imperiales, continuará su labor higiénica de destrucción de los ídolos paganos con la expulsión de la ciudad de los judíos y el saqueo de sus propiedades. "Jesús era judío", dicen los miembros del Sanedrín después de que los violentísimos parabolanos -ejército de Cristo, precedente de los Cruzados y de tantos que las autoridades eclesiásticas han designado para vigilar la presencia del Maligno- hayan hostigado el sabbath a pedradas. Obligados a huir, son declarados raza maldita de la historia. Entre tanta locura, la posición de Hypatia no cambió.

-"¿Y puede decirnos la gentil Hypatia en que cree, dado que no nos consta que siga alguna fe?"


-"Yo creo en la Filosofía"



He olido desde pequeño la corrupción de las almas y los cuerpos en la mayoría de sacerdotes que he conocido, he leído en exceso a paganos y anarquistas... de manera que debe ser un sentimiento irracional el que arraiga en lo más profundo de mis vísceras una hostilidad hirviente contra el cristianismo. Son esos entresijos los que se despiertan cuando veo al odioso parabolano excitar astutamente a las masas para lapidar y arrastrar desnudo por las calles a todo aquel que no abrace la fe verdadera.



Debo matizar, no obstante, que el guión que maneja Alejandro Amenabar no es lo consecuente que habría de ser para explicar por qué prende tanto y en tan poco tiempo la fe de esa misteriosa secta cuyos rezos viajaron desde Asia. Apenas se barrunta que hay una esperanza de liberación de la servidumbre en aquellos monjes que de vez en cuando abandonaban el retiro en el desierto para hacer proselitismo en el tráfago de las ciudades. Apenas se nos habla del hábito de la limosna que granjea la entrega incondicional de los pobres. De haberlo hecho, se podría entender mejor por qué las gentes humildes escuchan a clérigos que, bajo la excusa eterna de la interpretación literal de las sagradas escrituras, predican el fanatismo y la devastación de los heterodoxos.

La extensión de aquella fe por Occidente fue, ciertamente, producto de la crisis del entramado imperial, pero no hubiera prendido de la manera en que lo hizo entre las gentes hasta crear un mundo nuevo si solo hubiera consistido en un amasijo de fetiches y relatos de santos y milagros. Ya no es tiempo de preguntarse si fue peor o mejor para la historia la llegada del orden medieval, cuyas auténticas raíces políticas socioeconómicas y espirituales están empezando a afianzarse en aquel tiempo, y lo están haciendo en enclaves tan decisivos como el de aquella península no muy alejada del Delta del Nilo cuyos magníficos palacios se fueron hundiendo con los siglos, cuando la tierra ya no soporto su inmenso peso.



Pero no puede uno dejar de lamentarse por la extinción de un foco del saber tan fecundo y potente como el de la vieja Biblioteca de Alejandría. Hypatia fue la mejor heredera del impulso neoplatónico proveniente de Plotino y que encontró en aquel lugar admirable su mejor refugio. Fue hija de Teón, último director de la Biblioteca, de la cual el Serapeo, ese lugar que las hordas de fanáticos arrasaron, fue el último reducto. Después, el silencio, las tinieblas. Europa tardó más de mil años en recuperar los descubrimientos de Hypatia y quienes trabajaron en astronomía, matemáticas y filosofía junto a ella. Destinada por su padre a ser un sujeto ejemplar a través de la epimeleia -el cuidado de la propia alma y del propio cuerpo-, la terrible muerte de Hypatia -lapidada y arrastrada por una masa de fanáticos que la acusaron de brujería- es el símbolo de una pérdida de la que, acaso, nunca hemos podido reponernos del todo. Hypatia era sabia, era influyente y era mujer. No me extraña que tipos tan abyectos como Cirilo o Amonio -elevados por la Iglesia Católica a la santidad por los siglos de los siglos- le tuvieran tanto odio.






Quizá haya demasiada épica en favor de un personaje cuya figura, después de todo, está demasiado revestida de la leyenda forjada por Voltaire, el Romanticismo o, más recientemente, el Feminismo. Quizá, pero no conozco otros valores que los que encarna para soñar con un mundo sin mujeres adúlteras lapidadas, curas siniestros que prohíben los condones o misiles que declaran tener a Dios de su lado.








-"Debes convertirte a mi fe, Hypatia"

-"Tú, Sinesio, no puedes cuestionar eso en lo que crees. A mí no me es posible vivir así"


Con esa respuesta, Hypatia firmaba su sentencia de muerte.



Me viene al recuerdo cierto autor, Richard J. Bernstein. Dice en su imprescindible El abuso del mal:

"reconocer nuestra falibilidad es reconocer nuestra finitud humana"

La finitud, cuánta sangre ha costado no entender algo tan simple.

Vean Ágora, por favor. Pocas veces finaliza hoy en día una película mientras parte de la sala aplaude y la otra silba. Eso últimamente ya sólo pasaba en los estadios.
Y, por cierto, hablando de estadios, no sé por qué he titulado con el film de Amenabar un artículo que empieza hablando de Laporta. El caballero tiene poco que ver con Hypatia, desde luego. Quienes le amenazaban e insultaban, esos sí que aparecen en Ágora... Creo que es por eso.

Wednesday, October 14, 2009







CABEZA DE TURCO.




Algunos compañeros de Latín, Historia, Lingüística o Filosofía aprovechan estas horas para explicar a los alumnos el sentido de este concepto cuyo origen -como tantas veces sucede- se remonta a remotos y épicos devenires. Al parecer, fueron los cruzados los que, al regresar por mar de Tierra Santa, colocaban la cabeza ensartada de un turco en una pica y pasaban la larga y penosa travesía insultando a la susodicha cabeza y echándole la culpa de todos los males. Así, la infortunada, cada vez más horrendamente demacrada por las tempestades y la necrosis, terminaba recibiendo no solo las increpaciones obvias por la extensión del Mal Infiel o la derrota de la Cruz en castillos hostiles, sino también por el mal tiempo, la esposa que sospechaba un marinero que había roto el cinturón de castidad o el mal aire que queda en la bodega cuando los víveres se pudren.





Ricardo Costa es una cabeza de turco, ¿quien lo duda? No soy sospechoso: el personaje me produce una profunda repelencia. Tanta, que probablemente no tarden mis sentimientos en pegarse la vuelta -como en aquellas máquinas de petaco, que cuando se sumaba una barbaridad de puntos te contaban desde cero- y me pase con él como con Julio Iglesias, el entrenador Mourinho o la Baronesa Thyssen, a los que he deseado toda suerte de maldiciones durante tantos años que al final he terminado por cogerles cariño, fíjense. A fin de cuentas, Costa es uno de esos personajes extremos sin los cuales la vida pierde un poquito de su sabor. No solo es un pijo que no sabe disimular ni mesurar sus gestos, con esa arrogancia del que se siente seguro arrullado en el regazo de los ganadores y convencido de que su talento le llevará algún día a ser el Number One. Costa es, ante todo, un actor, una ambición incontenida con traje de postín, corte impecable y coche de lujo que aplaude a su líder en el Parlamento con sobreactuada euforia para convencer a los votantes de que forma parte de una casta de líderes, y a los oponentes de que "sois unos mierdas".


A estas horas del miércoles 24 de octubre ya sabemos que Costa es un cadáver político. Es posible que a algunos les conmuevan sus lágrimas desconsoladas cuando supo que Madrid había dado órdenes muy claras de cortarle la cabeza. La lógica del capitalismo salvaje que tanto adoran los acólitos del PP es la que le condena. "Usted ya no nos sirve, simplemente ya no vende." Hay un programa concurso de la tele que parece diseñado para sadomasoquistas, no en vano la presentadora adopta aires y atavío de dóminatriz de escuela inglesa. Me encanta la frase con la que despide en tono despreciativo al que cae en la última ronda: "Has llegado hasta la final, pero te vas sin nada. Adiós." No creo sin embargo que Costa vaya al paro. Pero seguro que mientras solloza deja escapar algún dulce "soy un fracasado". Sí, lo eres, yo también, bienvenido.




¿Es inocente Ricardo Costa? Desde luego que no. No hace falta serlo para ejercer de cabeza de turco. Nerón acusó a los cristianos de haber quemado Roma y los inquisidores de aldea quemaban a la loca de la casa de la vereda que decía no sé qué de Satanas porque la sequía devastaba las cosechas. Eran inocentes, Costa no. Lo que revelan los informes de la Fiscalía son conductas sencillamente repugnantes. Lo que se dice, lo que se hace, con quien se trabaja y se festeja, lo que se ambiciona... todo induce a pensar que el grupo político que gobierna el País Valenciano -con todas las salpicaduras madrileñas de conviene no olvidar- está atravesado por la corrupción. El día que se descubrieron unas conversaciones telefónicas en las que supuestamente el ex-presidente Zaplana decía estar "en política para forrarme", se reveló todo un programa de gobierno que, desde luego, no ha cambiado con la Era Camps. Ahora bien, que el peón -o el álfil, si quieren- forme parte del equipo no le convierte en Reina. Si se sacrifica peón o álfil es porque lo que se pretende es salvar la Reina. Así de sencillo. Ahora falta saber si la Reina a salvar está en Valencia o en Madrid, porque el peligro de quitar de enmedio al que te parapeta consiste en que el siguiente puedes ser tú.



En los últimos días explico las críticas socráticas a los sofistas. Estos ilustres y astutos triunfadores del ágora seducían a las masas con su elocuencia, pero desacreditaban el ejercicio de la política, pues tras toda su demagogia no se encontraba sino el ansia del éxito personal. "...que solo tendrán buenos gobiernos aquellas ciudades donde los gobernantes no estén ansiosos por serlo", dice el maestro al joven Glaucón en el Libro VII de la platónica República. Cuando el único justificante de los actos del político es la ambición, cuando el único riesgo que se valora seriamente es el de perder votos, entonces la política ya no es servicio a la polis, solo el escenario de una mezquina lucha por el poder. Y entonces -Platón es rabiosamente actual- el ejercicio de la política se revela como pura retórica: arte de convencer, habilidad para inclinar en pro de los propios intereses la opinión de las masas. El esperpéntico espectáculo mediático de las últimas horas, en que se nos intenta convencer de que los molinos son gigantes y la mierda huele a flores, convencería al maestro de que los titiriteros no abandonaron nunca la caverna.





¿Y ahora qué? Nada.







Nada de nada. El equipo de Camps diseñó hace años una estrategia brillante consistente en hacer creer a los valencianos que hay un contubernio socialista dirigido desde las tenebrosas estancias de Ferraz y la Moncloa para torpedear a la región, lo cual incluye regalarle a la pérfida Catalunya el dinero que nos corresponde, quitarnos el agua del Ebro y negarnos la inversión en toda suerte de grandiosas infraestructuras. La culpa de todo lo malo que pasa en Valencia la tiene Zp -quien para colmo dijo desear que Villa fichara por el Barça-, en cuanto a los éxitos, son cosa de Camps. Para completar la trama tenemos a Rita Barberá organizando fastos inútiles para subir la autoestima de los valencianos y a Canal 9 recordándonos a cada momento el sonsonete no sea que se nos olvide.



Quizá una oposición parlamentaria sólida y creíble haría de esto algo más que un espectáculo circense. En estos momentos, el PP no perdería las elecciones en Valencia ni aunque el Caso Gurtel obligara a dimitir al Presidente Camps. Quizá es que tenemos lo que nos merecemos.

Saturday, October 03, 2009






PRISA Y EL FUEGO AMIGO (Y II)







Hacen falta dosis de ingenuidad mayores de las que yo conservo para creerse que el eje de la batalla entre el entorno de Rodríguez Zapatero y el de Cebrián es de corte ideológico. Ya no me creí en su momento que la querella del viejo PSOE entre guerristas y felipistas representara aquel desgarro entre quienes -más curtidos en la labor gubernamental que en la de proselitismo partidario- se afirmaban posibilistas, y aquellos otros que decían ser fieles a la ortodoxia de la izquierda. Si los actores dejaban crecer tales patrañas, tan eficaces desde el punto de vista periodístico, era porque para ellos era vital enmascarar con excusas de disenso ideológico -pragmáticos versus románticos, ah, claro- lo que no era sino una mezquina lucha de intereses entre quienes se guarecían de las tormentas en el regazo del líder para obtener mando en plaza y quienes buscaban la protección del aparato para seguir viviendo de la política.




Ocioso buscar otro tipo de implicaciones en las peleas que desangran interiormente a las grandes formaciones. En Valencia se produjo la fuga madrileña del Presidente Zaplana y, al entrar Camps, llenó de su gente los centros de poder, relegando a quienes habían crecido a la sombra del nuevo ministro de Aznar. Nadie duda en Valencia que se trató de una lucha pura y dura -a dentelladas, desde luego- entre intereses de familias, sin opción de buscar ese tipo de excusas ideológicas que todavía se creen algunos incautos, aquellos que no han entendido todavía como funciona esto de la democracia partitocrática. Más apariencia de transfondo ideológico ha conseguido la batalla de Rajoy con los llamados sectores duros del Partido Popular, encabezados por la Presidenta de Madrid, pero con la alargada sombra de Aznar rondando por los pasillos. Diríase que hay una línea dura que dice tener agallas para poner las cosas claras, siguiendo el azote diario de la Cope y El Mundo, y otros más moderados y con demasiados complejos como para reconocer que ser muy facha hoy en día le quita a uno imagen de corrección política.








Quienes afirman sin rubor que, por ejemplo, Gallardón y Aguirre son cosas completamente distintas, me gustaría que me explicaran qué hay en la formación ideológica de uno y otra que nos permita deducir que su pelea responde a otra cosa que a planes estratégicos de promoción personal. ¿Vertebraría su modelo de gobierno del Estado la gente de Aznar de manera sustancialmente diferente a como lo hará Rajoy si derrota al PSOE en las próximas generales? Iré más allá. ¿Puede alguien explicarme dónde radican las diferencias sustanciales entre el programa Rato y el programa Solbes, los dos proyectos de política económica que ha seguido el gobierno de la nación en los últimos quince años? Dado que aquél es liberal-conservador y el otro social-demócrata (en calidad de tales llegaron a ocupar una macro-cartera ministerial), debo pensar que su rivalidad se basa en la profesión de credos sobre política económica radicalmente opuestos... Sin embargo, y miren que leo con disciplina espartana las páginas salmón de los sábados, yo no acabo nunca de advertirlo.






Se me podría contestar que la política económica es pura tecnología de poder, pragmatismo que actúa en función de circunstancias procurando dejar de lado la fastidiosa carga del fardo ideológico. Es lo que algunos han llamado "Estado Clínico", lo cual no quiere decir otra cosa que poner a tomar decisiones a un tipo astuto y con un buen mapa mental de la economía global y dejarle aplicar ante cada problema el bálsamo más efectivo, de manera que ya serán después los vendedores de humo ideológico los que se encargarán de ponerle a cada decisión la etiqueta electoralmente más rentable. ¿Maquiavelismo? Sí, desde luego, pero fue Alfonso Guerra -un verdadero enfermo del poder partitocrático y, en mi opinión, un personaje nefasto para la democracia española- el que dijo una vez aquello de "¿y por qué ha de ser malo el maquiavelismo?". No sé si don Nicolás era un mal tipo o si le pegaba a su mujer, me importa bien poco, pero lo que defendía me ha parecido siempre repulsivo... Y lo preocupante es que El Príncipe, con medio milenio de polvo de tiempo a cuestas, continúa con una absoluta vigencia.








Alguien dijo que "las luchas internas en la derecha son siempre brutales, casi tanto como las luchas internas en la izquierda". Respecto al tema que nos ocupa en estos días, la ruptura entre PRISA y el Gobierno Zp, creo que deberíamos aprender a que la necesidad de escapar a la ingenuidad no nos haga desembocar directamente en el cinismo. Personalmente, quien salga más contento de este ring, el actual hombre fuerte de PRISA, Juan Luis Cebrián, o el todopoderoso líder de Mediapro, Jaume Rourés, me deja dormir a pierna suelta. Sí me pregunto si el entorno más próximo del Presidente del Gobierno, entorno al que PRISA responsabiliza directamente de la concesión a Rourés de la TDT de pago, acontecimiento fundante de todo este lío, ha valorado las consecuencias de la aventura que ha iniciado. Por edad y por formación, necesito un gran esfuerzo para concebir que un gobierno socialista pueda sobrevivir contra la editora de Polanco. Ni tan siquiera un líder tan carismático como González cometió aquel error, por más que a lo largo del felipato hubo momentos -recuerden el GAL- en que la editora se vio en serios apuros, pues la batalla de la legitimidad empezó a perderla entonces con los medios de la derecha, en especial con El Mundo.



¿Ven alguna sombra de disenso ideológico en esta guerra? Yo tampoco. Veo más bien una partida de ajedrez entre familias, un laberinto de poderes que han chocado y que, como en El padrino, terminarán pactando o matándose entre ellos. Creo sin embargo que es preciso lanzar una mirada de profundidad para, salvado el escollo de lo puramente coyuntural, dar con las verdaderas claves de lo que está pasando.


No leo casi nunca Público y apenas veo La sexta. Como tantos y tantos, alimento mis necesidades informativas con los medios de PRISA para a continuación ponerlos a parir. Soy fiel a El País o la SER por las mismas razones que lo soy a mis viejos amigos o a mi familia: me fastidian sus hábitos y hago un gesto de desprecio cada vez que les oigo los sonsonetes habituales, pero me veo con ellos a diario y, sobre todo, me reuno urgentemente con ellos y me dejo de risas cuando pasa algo verdaderamente serio. Nos guste o no, los medios de PRISA son serios. Muchos de sus empleados y articulistas son personas a las que respeto y a las que, en varios casos, conozco personalmente y aprecio. La hostilidad que a lo largo de los veinte últimos años han lanzado los medios conservadores contra esta editora, bajo el principio de que su poder supuestamente omnímodo tiene secuestrada la libertad de opinión en España, es una de esas mentiras que, a fuerza de escucharse y leerse, termina siendo aceptada. Cuando me levanto por la mañana, puedo encender la tele o acudir al kiosko y, se lo aseguro, encuentro una mayoría de medios de ideología fuertemente reaccionaria, empezando por la cadena autonómica valenciana, que ha superado al No-Do franquista en manipulación ideológica y silenciamiento de la disidencia, siguiendo por la COPE, que envenena de odio los días y las noches de miles de españoles de formación más bien escasa, o la retahíla de diarios que compiten por la portada más sensacionalista y amarilla -del tipo "Zp vende España a Catalunya y similares"- para ver quien vende más ejemplares ese día.



Forjada en el hierro del tardofranquismo y la ilusión de la Transición, la línea de PRISA es indistinguible de la evolución de la social-democracia española. Impostada o no en sus empleados, se basa en una densa fibra moral que le impide, usualmente, traicionar normas básicas -normas de estilo me atrevería a decir- de la tradición progresista. Pueden molestarme, a veces mucho, los artículos de Marías, Montero, Ramoneda, Lindo, Boyero... y tantos y tantos, pero lo que no consigo es imaginármelos en un talk-show pegando alaridos, hablando en tertulias de libros que no han leído o gastándole bromas telefónicas a Paquirrín. Es posible que el problema de toda esta gente, empezando por Cebrián, es que encarna a una generación que empieza a acusar el problema que ellos imputaban al núcleo de poder post-franquista a cuya sombra hostil maduraron: ser viejos. La vejez trae esclerosis y colesterol, el viejo se vuelve conservador, y más en épocas de crisis, donde, ante la incertidumbre, opta por ser fiel a los usos que le han dado éxito desde tiempos inmemoriales.



Tengo amigos que creen que ha llegado la hora de un relevo mediático en la izquierda, de manera que Zp, acaso sin ser demasiado consciente de ello, se habría puesto del lado de la historia al entregar a Mediapro la TDT de pago, lo que podría constituir un golpe casi mortal para PRISA, que atraviesa el momento económico más crítico desde su nacimiento.




¿Ideología? De nuevo creo que es la pista falsa, por más que alguno de mis allegados insista en convencerme que la pueril línea editorial de Público encarna una "izquierda más cañera con los fachas y menos acomplejada que los social-demócratas esos de El País". Valiente estupidez. La línea ideológica de Público y La Sexta carecen completamente de espesor. Son oportunistas y faltones porque carecen de la infraestructura necesaria para diseñar un periodismo crítico y de investigación realmente serio. Es fácil sacar en cada programa a un tipo feo y salido que sueña con tirarse al grupo de tías buenas que constituyen la plantilla del programa, tal y como nos cansamos de ver en Sé lo que hicistéis o El intermedio, lo más parecido a emisiones masivas que emite este canal cuando no tiene un partido de fútbol. Es llamativo que dichos programas se basen en análisis e imágenes de otros medios. A partir de ahí, no parece que su cañero espíritu crítico tenga mucha más enjundia que la de parodiar a un franquista bailando el chiki-chiki, reírse de las melenas de Aznar o explicarnos durante horas que lo que hacen los programas del corazón -no me había dado cuenta- es inmoral. Es una televisión, sí, y eso en España suele equivaler a entretenimiento zafio para desocupados o para momentos de ocio. Quienes así piensan podrían ver algunos programas de Cuatro o de TV3 para entender que sí es posible hacer televisión sin tomar por idiota al telespectador. Pero es que no me parece que la línea del diario Público esté muy lejos de la de La Sexta. Informaciones sesgadas, portadas sensacionalistas, difuminado de los límites entre opinión e información, exceso de imágenes, abuso de información deportiva... No sé qué rumbo terminará tomando este diario, ojalá sea el que marcan algunos de sus pocos analistas realmente rigurosos, pero no parece que sea éste su destino.



¿Por qué? Porque tengo la impresión que el modelo mediático Rourés carece del espesor de un verdadero proyecto de futuro. No sé si hay, como en PRISA, un referente generacional y, por tanto, histórico entre quienes trabajan para él. Lo que sí advierto es que carece de un mapa moral capaz de enfrentarse a los tiempos de la globalización, la precariedad laboral, la crisis del Estado del Bienestar o las invasiones migratorias con un sistema inmunitario lo suficientemente fuerte como para no quebrarse al primer estornudo. No sé si el llamado Imperio PRISA toca a su final. Su modelo de negocio expansivo y con tendencia a diversificar su producto y globalizarse estaba destinado a colapasarse en una Gran Recesión como la que nos aqueja. Basado en inversiones estructurales a largo plazo, PRISA puede haber quedado en una situación muy complicada ante aquellos competidores que han aprendido a vivir de otra manera.



El modelo Mediapro es, en este sentido, acaso más coyuntural. Basado en la filosofía del low-cost, Mediapro apenas gasta euros en prestigio. La inmensa mayoría de sus firmas -Buenafuente podría ser su única excepción televisiva- carecen de prestigio, son puro entertainment zafio y pueril, como los propios speakers de La Sexta, con indudable capacidad de autoironía, no dejan de repetir. "Lo que hacemos es cutre y lo ves porque eres un freaky, pero tenemos el futbol". Mediapro no es una empresa mediática exactamente, es más bien una franquicia con una eficaz infraestructura que invierte en determinadas mercancías -por ejemplo un mundial de baloncesto o el partido de los sábados- sabiendo que, en el peor de los casos, las pérdidas se limitarán exclusivamente a lo invertido en dicha mercancía. Todo lo demás -incluyendo a su personal subcontratado- es atrezzo que se puede tirar a la basura en cuanto venga bien hacerlo.


¿Acabará Rourés con el modelo mediático que ha dominado el imaginario de la izquierda española durante los últimos treinta años? No lo sé, pero, no estoy seguro de que sea lo más deseable.

Thursday, September 24, 2009










PRISA Y EL FUEGO AMIGO










Sería un acto de intolerable petulancia que yo intentara explicar aquí qué es exactamente lo que está pasando entre la editoria PRISA y el gobierno de Rodríguez Zapatero. Lo que desde que en 2006 empezó a emitir La Sexta han sido soportables turbulencias, ha terminado por convertirse en terremoto cuando el gobierno, con la guerra por las transmisiones futbolísticas en el transfondo, ha mostrado ya claramente su preferencia por Mediapro, grupo dirigido por el potentado Jaume Roures y que parece haberse convertido en la bestia negra de la empresa fundada por Jesús de Polanco. El asunto es oscuro y complejo, con mucha pinta de estar atravesado por todo tipo de intrigas palaciegas, con ese aroma a envenenamientos, traiciones y conjuras a los que la izquierda con poder es tan aficionada como la derecha.








Acaso lo conveniente será que ustedes lean el libro que, a buen seguro, publicará Planeta o alguna editorial por el estilo, presentándolo como el resultado del concienzudo trabajo de investigación de un periodista muy listo que llegó a infiltrarse en peligrosos recovecos e incluso puso en algún momento su vida en peligro. Podría titularse Cebrián contra ZP, lucha a muerte en el laberinto de la izquierda, o, si ese les parece algo desvaído, acaso prefieran La guerra del fútbol, cómo se derrumbó el imperio PRISA. Este tipo de ensayos de impacto y actualidad mola mucho porque, entre lo que el autor o su negro se inventan y lo que tienen de verdad cotilleada por el Garganta profunda de turno, uno llega a tener la impresión de estar leyendo una novela de Patricia Highsmith. Pero, sobre todo, mola porque hace creer a la gente -tan aficionados todos en el fondo a la teoría de la conspiración- que nuestro destino de indefensas criaturas está dominado por unos cuantos dioses olímpicos que se sueltan dentelladas en ocultas estancias para acabar repartiéndose la tarta y decidiendo lo que va a ser de nuestras vidas. Lastima que tres meses después de salir en plan explosivo a los estantes de las librerías ya no valgan más que para el contenedor azul de reciclaje.


Creo no obstante que conviene intentar hacerse cuanto menos una idea siquiera vaga y general del affaire para llegar a conclusiones sobre lo que verdaderamente se está dirimiendo, que -sospecho- es, como en toda guerra que se precie, bastante más de lo que los contendientes reconocen.

La cosa es más o menos así. Cuando ZP llega al poder toma una serie de decisiones favorables a PRISA, por ejemplo la vía libre para las emisiones en abierto de la cadena Cuatro, lo cual le permitirá presentarse ante Polanco como el nuevo Felipe González, lo cual teniendo en cuenta la vinculación histórica y generacional entre el editor y el político es el mayor de los premios. Esta entente es, pese a todo, precaria. El actual presidente del gobierno proviene de un árbol genealógico ajeno a la línea dura del felipismo, y conviene no olvidar que su éxito -que algunos vinculan inicialmente al resentimiento del sector guerrista y que parece tener mucho de imprevisto, por no decir de casual- marca el inicio del declive de la poderosa élite de políticos vinculada al anterior gobierno socialista. Al lado de personajes como Blanco, Chacón, Fdez de la Vega o Moratinos, la estrella de Bono, Almunia, Solana, Borrell, y, últimamente, también Solbes, describe trayectorias claramente centrífugas. Solo el durísimo y astuto Rubalcaba y el incombustible Chaves parecen haber resistido. Podría suponerse que era cuestión de tiempo: antes o después el ascendiente felipista sobre PRISA tenía que marcar hipotecas sobre el gobierno. Pero sospecho que no habríamos llegado a la ruptura si no se hubiera metido Roures por medio.



"El gobierno ha regalado el fútbol a sus amigos". Esta línea de opinión es unánime en las informaciones de los medios cabeceros de PRISA sobre el asunto, lo cual, además de una preocupante pedrojotización de El País, es síntoma de que el poderoso grupo ha perdido algo más que un buen negocio con este asunto. Pese a que propaga continuamente lo contrario, hay razones ahora mismo para pensar que PRISA atraviesa una situación económica sumamente delicada. Perder el fútbol en directo o, como es el caso, tener que competir con un medio que se permite venderlo más barato, puede constituir un golpe mortal para el grupo, el cual sospecho que ya se plantea muy seriamente la viabilidad de muchos de sus numerosísimos espacios de inversión. No es extraño que monten en cólera. Lo difícil es justificar este planteamiento tan emocional de las cosas, sobretodo ante el electorado conservador, que lleva dos décadas tragándose ese mismo sonsonete -el de que los gobiernos socialistas ayudan a su brunete mediática de los "Polanco boys"- de bocas de los copes y pedro jotas de turno. La sensación que se le queda a cualquiera es que al actual hombre fuerte de la editora, Juan Luis Cebrián, le ha sabido a cuerno quemado que le haya salido un competidor potente por la izquierda, perdiendo así el monopolio sobre un espacio de clientela razonablemente ilustrado, crítico y progresista, tal y como el que escucha la SER, ve Cuatro o lee El País.


El drástico giro ideológico experimentado por estos medios en las últimas semanas no deja lugar a dudas: la jefatura de PRISA ha ordenado a sus redactores que carguen con artillería pesada sobre la política del gobierno. Tengo que acordarme de que una empresa periodística es un negocio para que no me irrite demasiado un ejercicio tan interesado y demagógico, tan lejos de la deontología de servicio a la verdad y honestidad informativa que exijo a los medios que leo y escucho. Dado el silencio que prestigiosos articulistas o tertulianos mantienen sobre este tema que afecta al corazón financiero de la empresa, me pregunto si realmente merece la pena seguir siendo cliente de medios donde la libre opinión queda tan postergada. Creo que el historial de El País y el talento de muchos de sus empleados merece un juicio cuidadoso. Sin embargo, no resulta edificante presenciar en una cadena como Cuatro, habituada a masajear a los ministros, como es sometido a un ejercicio de caza y derribo el ministro José Blanco, el cual debe empezar a sentirse en los platós de PRISA tan en territorio hostil como si acudiera a la COPE o El Mundo. Es elogiable la pericia con la que un redactor-jefe de El País le acorraló en la tertulia política de Concha García Campoy, hasta el punto de alterar a uno de los hombres más poderosos de la nación; lo que uno no deja de preguntarse es si antes de la concesión de la TDT de pago a Mediapro el trato hubiera sido el mismo.

Entre tanto, la cuestión no es sólo si un gobierno socialista puede sobrevivir contra PRISA. Cuando empezó esta campaña anti-gubernamental intuí que el gobierno se había hecho el hara-kiri y que la Era del Talante tocaba a su fin. Esta percepción, por cierto, casa bien con la sensación de que El País empieza a comulgar de manera más o menos sinuosa con la tesis de la oposición de que España necesita unas legislativas avanzadas, una pretensión a mi entender muy poco fundamentada desde la sensibilidad democrática y con evidentes visos de interés mezquino, tan mezquino como lo fue el de todos aquellos que se asociaron en los primeros noventa contra el gobierno de González y fueron acusados -por ejemplo por PRISA- de formar parte de una conspiración republicana. Pero la pregunta sigue planteada: ¿se ha suicidado políticamente ZP por ayudar a sus amigos y porque está harto de las exigencias de Cebrián y de la sombra felipista? El sistema de señales que el leonés viene emitiendo desde que fue lanzado a la fama -hace tan sólo una década, dicho sea de paso- no me cuadra con un diagnóstico de soberbia e imprudencia... Bien es cierto que fue en las etapas profundas de sus legislaturas cuando González y Aznar dieron sus más graves pasos en falso, cuando uno se los imagina solitarios y taciturnos, como el general en su laberinto, pensando que las cosas se hacen "por mis cojones", "que ya estoy harto de ser blando con estos cabrones" o que "ya lo recuperaré todo ante la gente con mi carisma"... etc, etc. No me cuadran este tipo de caudillismos en Zp. No es su lógica. Quizá sospecha que puede aguantar con el apoyo de los medios de Roures, capaces como parecen ser Público y La Sexta de atraer a un electorado juvenil que se incorpora. O acaso cree que la clientela de PRISA no cambiará el sentido de su voto aunque desde tales medios se le desprestigie. En todo caso, me pongo un poco retorcido, puede pensar que, una vez derrotado por Rajoy, la posibilidad de seguir en la brecha como líder de la oposición depende de que Mediapro tenga más fuerza que PRISA, dado que desde ese mismo día la intención de Cebrián será la de sacarle de la escena.









En fin, como he dicho, un laberinto. Y bastante poco fascinante en mi opinión. Me preocupa poco si Barroso, pareja de Carme Chacón y ex-Secretario de Estado de Comunicación y vinculado al parecer a los negocios mediáticos de Roures, ha sido el factotum de todo este turbio asunto. No hay duda de que el entorno del Presidente del Gobierno está fuertemente vinculado a la empresa enemiga de PRISA. Sin embargo, creo que hay algo más serio detrás de todo este asunto que lo que nos contará el librito de marras del periodista listillo dentro de unos meses. Hay algo más que intrigas y guerras por el futbol. Tengo la sospecha de que entre lo que representa PRISA y lo que empieza a advertirse con fuerza en los medios de Roures, hay algo más que un conflicto de intereses. Creo que nos hallamos ante una verdadera crisis generacional en el mundo de la información. El tipo de "izquierda" que encarnan Público o La Sexta no tiene nada que ver con el de El País, Cuatro o la SER... Es otro rollo, otro ethos. Y lo es el de quienes siguen -todavía pocos- dichos medios con entusiasmo. Mediapro encarna una cultura de negocio editor completamente nueva para este país, una lógica empresarial wall-martizada, un espíritu falazmente crítico y de radicalismo simulado que se inserta confortablemente en el espíritu del nuevo capitalismo. PRISA, empresa repleta de veteranos de viejas guerras, empezando por la épica batalla contra los sectores duros del postfranquismo durante la Transición, se encuentra ahora mismo -unos meses después de la muerte de su fundador- en medio de una verdadera encrucijada...


¿Es todavía viable su modelo? Este es el problema que verdaderamente me interesa seguir tratando aquí.





... CONTINUARÁ

Saturday, September 19, 2009











LA DICHOSA AUTORIDAD









"El problema de la escuela es que a los profesores se les ha sustraído la autoridad"... Ésta es la frase que, a vueltas con la ley que pretende sacar adelante con gran sentido de la oportunidad la Presidenta de Madrid, no hemos dejado de escuchar en los últimos días. Suele acompañarse -lo escucho con frecuencia en las salas de profesores- de la que sentencia que la fuente de todos los problemas de la escuela es la indisciplina en las aulas. No puedo negar la mayor, no alude a un ficticio estado de las cosas... Y, sin embargo, no deja de revolotearme la mosca alrededor de la oreja cuando son casi siempre malos profesores los que elevan más el tono para echar la culpa de su evidente fracaso profesional a la indisciplina, única causa al parecer de la triste realidad de que sus zoquetes y traviesos alumnos no aprenden nada en su clase . Es la misma incomodidad que experimento cada vez que algún tertuliano de derechas, nostálgico de las hostias como panes que nos soltaban los maestros del franquismo -debe ser que le gustaba-, insiste a voz en grito en exigir menos blandura a los gobernantes con la violencia juvenil, leyes penales que penen más, sanciones más severas y policías que se parezcan más a Harry el Sucio.



"Hay demasiados derechos", "leyes y jueces son excesivamente indulgentes", "no confundir libertad con libertinaje"... en fin, qué les voy a contar a ustedes que no hayan oído miles de veces en la cola del Mercadona o en la radio del taxi. Las cosas no son tan fáciles, no se resumen en una frase lapidaria dicha por algún españolazo con un par de cojones. Pero eso sí, decir que "vamos a hacer de una vez por todas algo desde la política para reforzar a los profesores" sí genera en el pueblo la sensación de que alguien por fin se ha decidido a atajar el problema del que no paramos de oír hablar últimamente.





Nada tengo en contra del espíritu general de la ley que pretende otorgar al profesor la condición de autoridad pública. Mis razones son las mismas por las que siempre he apoyado que se establezca la figura penal de la agresión a médicos y enfermeras. Basta pasar un par de noches en Urgencias de cualquier hospital público y tener un poquito de sensibilidad para entender que en el sueldo de ATS no entra aguantar a maleducados que quieren ser atendidos sin hacer cola, histéricos que lo piden todo a gritos o indeseables dispuestos a linchar al médico que, según ellos, no hizo lo suficiente por salvar al abuelo. Es cierto que también los revisores del metro, las azafatas de congresos o los carteros sufren de vez en cuando la agresividad injustificable de algunos ciudadanos. Pero hay dos diferencias fundamentales. Una es que la frecuencia de episodios violentos o, cuanto menos, fuertemente conflictivos que se dan en un hospital acercan más el ejercicio de la medicina a la condición de "profesión de riesgo" que la de cualquier otro de los empleados que se me ocurren, con la excepción de un guardián del orden público. La segunda es que si el profesional que trabaja en una clínica es "desautorizado" a gritos o a golpes, si queda indefenso ante cualquier acto de intimidación o "venganza", la función del hospital, que no es otra que la de preservar la salud, se hace imposible.


Traslado todo este orden de razones a la escuela. Jamás he sido golpeado por un alumno o profesor (espero que tal cosa no suceda porque no estoy seguro de que mi reacción sea simplemente la de víctima... me crié en un barrio, qué vamos a hacerle). Sí he presenciado no obstante en mis años de profesión los suficientes episodios de violencia hacia los de mi gremio como para pensar que tales conductas deben salir gratis. La agresión en una escuela de Vallecas de la que se habla en los últimos días es produce sonrojo, pero no está demasiado lejos de infinidad de escenas que viví no hace mucho, por ejemplo cuando una familia entera entró al centro pegando voces y diciendo con aire amenazante que querían "ver ahora mismo al director". Con independencia de lo que ocurriera a continuación, la tolerancia con este tipo de conductas que ponen en peligro los frágiles equilibrios desde los que se sustenta la convivencia es un gravísimo error, y no estoy seguro de que la legislación, tal y como actualmente se aplica, tenga por sí sola el deseable efecto disuasorio. Si gritar o insultar al director de una escuela sale gratis -"te digo que éste me va a oír" o "mi padre le va a poner las cosas claras"-, y si soltarle un mamporro reporta una multa de cien euros, entonces dejemos que los bárbaros canten victoria, pues habrán ganado.


Ahora bien, una cosa es que se deba legislar para proteger especialmente ciertas profesiones y otra muy distinta que este tipo de normas se presenten como el bálsamo para recobrar la autoridad del profesor. Es un error: la autoridad no puede legislarse, creer lo contrario es no entender para nada la naturaleza de dicho concepto.


Es imprescindible que quien entra en una escuela para hablar con un profesor no crea que está en El Corte Inglés ni que su interlocutor es una especie de siervo al que se puede humillar o intimidar. Por no referirme a esos padres -a estos sí los he sufrido en mis carnes- que en algún momento han tenido la desfachatez de descalificar mi competencia profesional y mis dotes pedagógicas por haber sancionado o suspendido a su hijo, mientras yo me mordía la lengua para no ofenderles diciéndoles la verdad: que ellos son unos padres nefastos y los mayores culpables de que su hijo crea que puede interrumpir la clase cuando le dé la gana u ofender impunemente a sus compañeros por su raza o su condición sexual. Lo que intento decir es que la autoridad requiere normas que la posibiliten o al menos que la preserven en el aula de la barbarie de las calles. Ahora bien, la autoridad es otra cosa que la mamarrachada de recuperar las tarimas que -envalentonada ante la resonancia de la propuesta de ley- ha planteado Esperanza Aguirre.
He discutido mucho con compañeros sobre el problema de la autoridad. Creo que hay en la izquierda un trauma peligroso con este asunto, y por ahí encuentro una grieta que algunos discursos reaccionarios pueden aprovechar para que la derecha simule en estos temas una iniciativa política que tiene mucho de impostura. No conozco un solo gobernante de derechas que pretenda defender la educación pública -lo contrario es un oxímoron, me temo-. La política educativa del Gobierno Aznar y la que lleva, les aseguro que absolutamente delirante, el Gobierno Camps en Valencia me hacen pensar que el desalojo de ZP de la Moncloa no haría sino empeorar la salud de esa enferma crónica que es la escuela. No obstante, provoca cierto rédito hacer creer a la gente que todo es una cuestión de mano dura. Tras esa apariencia de socorro a la labor del docente, gravita la sospecha de que es él mismo quien ha tolerado que su imagen se deteriore. Se lo he escuchado a alguno de los voceros de la emisora de la Iglesia: "son ellos los que han permitido que los niños les pierdan el respeto... con todo aquello que se puso de moda en la Transición, de si a mí trátadme de tú y no me llaméis Don José sino Pepito..."



No se contemplan la voracidad del capitalismo ni el consumismo compulsivo ni la violencia institucionalizada como causantes del deterioro de la convivencia en las aulas: son -como siempre- la ruptura con los ridículos formalismos de antiguo régimen, la democratización de los centros, los modelos pedagógicos progresistas o la renuncia a la asimetría en el trato con los estudiantes los que han acabado con la escuela. Lo de siempre: el 68, la izquierda y, si me apuran, los Beatles son los que tienen la culpa de todo...

Tópicos reaccionarios a banda, hay personas muy bien intencionadas que desconfían de quienes defendemos el principio de autoridad en la escuela. Su error, creo, es que confunden autoridad y autoritarismo. El breve análisis etimológico nos induce a pensar que el verdadero abuso semántico se produce con el sentido que otorgamos al "ismo", que desvirtúa completamente el sentido original del concepto. Entre los romanos, se distinguía entre auctoritas y potestas. Gozar de auctoritas supone gozar de legitimidad ante ciertos ciudadanos en virtud de que se detenta un saber, de tal manera que alguien puede considerarse como autoridad consultiva -por ejemplo por el Senado- ante cierta cuestión respecto a la que está cualificado. Por contra, la potestas supone tener el poder legal de ejercer tal o cual derecho. En el segundo caso, la dimensión de respeto a la persona en cuestión queda reducida al simple respeto a la ley; en el primero, interviene una dimensión de culto al saber, diálogo y aceptación de la controversia que tiene poco que ver con la deriva que después hemos identificado como autoritarismo.




La autoridad es indispensable para que en una escuela funcione el ideal enculturador de todo sistema educativo, incluyendo esa dimensión crítica por la cual el neófito aprende a cuestionar las verdades y valores que se le transmiten, algo para lo que también -quizá más que en ninguna otra enseñanza- hacen falta buenos maestros. El autoritarismo, por contra, es el puro y duro ejercicio del dominio. La autoridad requiere respeto, lo que el maestro autoritario necesita por contra es sumisión y obediencia. La autoridad educa, el autoritarismo adiestra. Si no asumimos que el maestro ejerce poder, y que su primera misión es responsabilizarse de qué tipo de poder está dispuesto a ejercer, entonces deambularemos entre el extremo del sometimiento y el abuso y el de la tolerancia cínica y la negligencia profesional... En ambos casos estaremos maleducando.


Es cierto que el principio de autoridad supone aceptar premisas que no tienen buena prensa en la tradición progresista. Por ejemplo, los niños no son "buenos" por naturaleza, en realidad son bastante cabrones, tanto como usted y como yo, solo que sin los filtros de la prudencia que por puro afán de supervivencia hemos adquirido. No es posible negociarlo todo ni la autoridad requiere siempre la aceptación y el consenso... En ocasiones ha de imponerse, a veces en contra no solo de los deseos del alumno sino también del criterio de sus padres, que no entienden por qué a su hijo le hemos sancionado por gritarle "¡vete a tu país!" a un compañero ecuatoriano, si además "solo era una broma". Dice Fernando Savater: "cuando los adultos responsables no ejercen su autoridad lo que reina no es la anarquía fraternal sino el despotismo de los cabecillas". Les aseguro que sé muy bien a lo que se refiere.



Por mi parte, me quedo con la propuesta que formula Gerard Guillot en su interesante La autoridad en la educación. Salir de la crisis -Editorial Popular, Madrid, 2007-, que analiza en profundidad las causas de que la autoridad aparezca dañada en la escuela de nuestro tiempo. Frente a excesos de algunas pedagogías falsamente emancipatorias que no han hecho sino reforzar el adolescentrismo de nuestra sociedad consumista y debilitar los nexos intergeneracionales, y frente a la tentación de recaída en el mito autoritario, Guillot reclama una "autoridad constructiva", la cual no pretende formatear mentes sino enseñar a pensar para juzgar por uno mismo. No erudición ni Reyes Godos, sino espíritu crítico, el cual no es posible sin un buen tejido de cultura general. No tolerancia a las conductas enemigas de la convivencia, pero sí respeto a las personas. No sumisión a un poder fanático y abusivo, pero sí autoridad democrática entendida en sentido deliberativo. Guillot propone, en suma, la formula de una "autoridad del buen trato", una educación genuinamente democrática capaz de construirse desde una ética de la discusión , algo nada fácil de construir -como el propio autor reconoce- en un mundo dominado por el imperativo categórico del provecho y los intereses sectarios.



Difícil, ¿verdad?... pero apasionante desafío éste de la educación. Lo que no termino de creerme es que poniéndome un traje con corbata, subiéndome a una tarima o al trono de Felipe II o poniendo a mis estudiantes de rodillas y con los brazos en cruz -libros de latín sobre la mano incluidos- vayamos a mejorar la cosa, por más que esa nefasta gobernante que es Esperanza Aguirre se empeñe en seguir haciendo demagogia. No estaría mal que, de momento, se preguntaran nuestros gobernantes si con una ratio de treinta y cinco alumnos como la que ahora mismo soporto en mis clases de bachiller se pueden atender las demandas del alumno. Ya puestos, y si siguen llegando alumnos, podrían, además de subirme a la tarima, darme un megáfono, a ver si me oyen los del fondo.

Empezó el curso.