
1. EL INVIERNO se anuncia matando a nuestros viejos: López Vázquez, Ayala, Levi-Strauss. Desde que murió Lola Flores ya no encuentro a ninguno de esos de los que uno piensa que le van a acompañar siempre... esos que, si les asoma la Muerte por la puerta, al verle va a asustarse y saltar por la ventana.
José Luis López Vázquez...no recuerdo un sólo día de mi vida sin haber conocido ese nombre. Cuando, siendo crío, le veía en las revistas vestido de calle y no de actor me parecía un hombre extraordinariamente triste y aburrido, un señor calvo y sin fortuna que caía en manos de mujeres despiadadas que terminaban desplumándole... Lo más lejano imaginable de un hombre feliz. Pero después, mi madre ponía la tele y le veíamos en una tele en blanco y negro. Qué gran actor tiene que ser quien es capaz de interpretar tan magistralmente a alguien que no tiene nada que ver consigo mismo. Con tan poco apellido, con tan poca estatura, tan poco pelo... tan lejos del glamour co
mo Aleixandre y tantos otros que levantaron una inteligente sonrisa en un país acomplejado, López Vázquez fue capaz de deslumbrar dirigiendo el atraco a un banco de lo que cuarenta años después habríamos llamado un hatajo de freakys, a la vez que encarnaba al más odioso y servil de los pelotas de algún oligarca del franquismo: "descuide, nos ocupamos de todo... y póngame a los pies de su señora". Inútil seguir, es preciso mirarle y escucharle. No dejo de asociarle a todas aquellas historietas de Pulgarcito o Mortadelo. Todos aquellos tipos humanos tan risibles, Pepe el Hincha, Petra -criada para todo-, las Hermanas Gilda, el Botones Sacarino, el Profesor Tragacanto... todo eso estaba en el cómic satírico tanto como en la comedia cinematográfica. Me pregunto si queda algo de todos aquellos años de hierro en los Bardem, Cruz y Amenabar a los que ahora vitorean en los centros neurálgicos del mundo. Quizá no, y ¿quien sabe?, a lo mejor vale más olvidarse de aquel paisaje celtibérico tan gris y aquellos hombres subdesarrollados. Pero yo... me temo que envejeceré con aquel sonsonete agudo en la cabeza: "Para servirle, Fernando Galindo, un admirador, es esclavo, un siervo, un amigo."
mo Aleixandre y tantos otros que levantaron una inteligente sonrisa en un país acomplejado, López Vázquez fue capaz de deslumbrar dirigiendo el atraco a un banco de lo que cuarenta años después habríamos llamado un hatajo de freakys, a la vez que encarnaba al más odioso y servil de los pelotas de algún oligarca del franquismo: "descuide, nos ocupamos de todo... y póngame a los pies de su señora". Inútil seguir, es preciso mirarle y escucharle. No dejo de asociarle a todas aquellas historietas de Pulgarcito o Mortadelo. Todos aquellos tipos humanos tan risibles, Pepe el Hincha, Petra -criada para todo-, las Hermanas Gilda, el Botones Sacarino, el Profesor Tragacanto... todo eso estaba en el cómic satírico tanto como en la comedia cinematográfica. Me pregunto si queda algo de todos aquellos años de hierro en los Bardem, Cruz y Amenabar a los que ahora vitorean en los centros neurálgicos del mundo. Quizá no, y ¿quien sabe?, a lo mejor vale más olvidarse de aquel paisaje celtibérico tan gris y aquellos hombres subdesarrollados. Pero yo... me temo que envejeceré con aquel sonsonete agudo en la cabeza: "Para servirle, Fernando Galindo, un admirador, es esclavo, un siervo, un amigo."
2. EN LA MUERTE de Claude Levi-Strauss... indulgencia para quienes, al enterarse, dicen eso de "pero ¿es que todavía estaba vivo?". Un hombre puede morir de vejez y, sin embargo, pertenecer a la generación posterior a la del anciano que agoniza al mismo tiempo en la habitación de al lado. El momento de máximo esplendor y poder del autor de Le pensament sauvage en París, más concretamente en el College de Francia, está tan lejos ya en el tiempo, que cuesta imaginar que un hombre haya sobrevivido tanto tiempo al declive de las propias ambiciones. La de Levi-Strauss es un biografía muy siglo XX. Judío belga y francófono de origen, se formó en La Sorbona, en la que ya empezó a trabajar como agregado con la edad de un inexperto estudiante. Después vinieron los nazis y los problemas serios. Huyó y alimentó su docencia como antropólogo en la Universidad de Sao Paulo pasando largo tiempo en el Mato Grosso junto a distintas tribus amazónicas. Pasó a Nueva York y, finalmente, para cerrar el círculo, todavía con todo por llegar, regresó a París, donde su trayectoria termina convirtiéndole en una de las mayores autoridades de la historia del pensamiento francés contemporáneo.
Presiento que algunas cosas de mi vida habrían sido distintas sin él. Hice mi tesina sobre el lugar de Michel Foucault en el escenario filosófico francés, y mi tesis sobre la relación entre el análisis de la cultura del mundo tardoindustrial hecha por el propio Foucault y por Jean Baudrillard. Ambos se esforzaron en incontables ocasiones por marcar sus distancias con respecto al padre del Estructuralismo. No es desagradecimiento, es voluntad de supervivencia, necesidad de una identidad reconocible: había que decir que no se era estructuralista o que no se compartía el presunto desprecio de Levi-Strauss por la historia o, de lo contrario, uno se quedaba sin derecho a existir como autor: había, en suma, que matar al Padre. Curioso: ha sobrevivido a todos sus hijos, los leales y los fugitivos. Lo que sí sé es que nada sería hoy lo mismo en el pensamiento francés sin el anciano que acaba de morir.
No soy capaz de explicar a Levi-Strauss en unas líneas. Pero creo que, más allá de la tradición estructuralista, de la revolución epistemológica operada a partir de Saussure y de Jakobson, del terremoto antropológico, de la ruptura con toda una gigantesca imagen del Sujeto Occidental basada en la filosofía de la historia de Hegel, más allá de lo ridículo que resulta aquel sarcasmo que en los primeros setenta habló de la revuelta estructuralista como de "otra moda parisien", lo que creo que nos enseñó fue una nueva manera de mirar. Aquel profesor llegado de Sao Paulo no intentaba redimir a los indios ni recuperar la santidad del Buen Salvaje ante la corrupción moral de nuestras urbes... Lo que logró Levi-Strauss fue proyectar una mirada sobre la cultura que, al liberarse de los prejuicios interpretativos de los tradicionales viajeros europeos, logró descifrar los signos de la cultura a la luz de los códigos específicos desde los que emergían. Cada símbolo, cada tatuaje, cada gesto de ceder el vaso, cada regla de parentesco, cada don y contra don, cada incineración ritualizada... son elementos que no pueden traducirse por sí mismos, que no remiten a nada que podamos entender de por sí, salvo que los insertemos dentro de un gran sistema -una estructura- que les da vida y sentido.
Insisto, no se trataba sólo de respetar a los indígenas -esos llamados "pueblos sin historia"-, aunque haya algo de eso en la herencia de este antropólogo. Sólo al regreso de la estancia entre esos hombres que llaman "estúpido" a quien no va tatuado, o ritualizan el nacimiento o la muerte como parte de un ciclo simbólico que nada tiene que ver con nuestra imagen científica del mundo, llegamos de verdad hacernos idea de lo que realmente hemos ganado: ahora puedo observarme a mí mismo como miembro de una "tribu", pueblo primitivo o salvaje en cierto modo, puesto que lo que entendí como "verdad objetiva", visión literal de lo real, se articula sin embargo como una densa red simbólica tan sometida al influjo de los mitos, los chamanes, el intercambio ritual o las fuerzas del destino como el de los nambikw
ara. (La caricatura es de Maurice Henry, en la época de mayor celebridad del movimiento estructuralista. Los "salvajes" son de izquierda a derecha Foucault, Lacan, Levi-Strauss y Barhtes)






























